El festival Distrital debe llegar para quedarse. Durante una semana cubrió algo que hacía falta en el calendario cultural de la Ciudad de México: un magno banquete cinematográfico.

Aunque no todas las funciones estuvieron repletas (quizá a la fiesta le hace falta extender más invitaciones), sí se notó un público entusiasta, hambriento de ver cine de todo el mundo en un ambiente relajado, ajeno a las pretensiones, rigidez y academicismos que persiguen al cine de arte .

Eso fue lo mejor de Distrital: su variedad de perspectivas, sus muchas caras. En su último fin de semana el público se volcó a la Cineteca y al Cine Lido para ver lo mismo documentales como La Cámara Casasola de Rodrigo Montes de Oca como cine que tuvo corrida comercial como Hidalgo, la historia jamás contada de Antonio Serrano.

Entre semana la Cineteca tuvo un lleno espectacular con el estreno de la opera prima Esperando a los Bítles de Diego Graue y Ray Marmolejo. Al finaltodo el público termino coreando Hey Jude . La cinta tiene sus defectos (más que narrativa es meramente ilustrativa de la beatlemanía mexicana), pero no falló en conectar con la audiencia.

Otro gran hallazgo fue Los amores imaginarios de Xavier Dolan, protagonizada por su director, una arriesgada comedia sexual en la que dos amigos, hombre y mujer, apuestan para conquistar al mismo muchacho guapo. Los amores imaginarios es una obra llena de música, colores y sinceridad.

Fue una buena idea poner a la cinta de Dolan a cerrar el festival. Como la película, Distrital rebosa de juventud, de entusiasmo y de novedad. Quizá sea porque apenas cumplió su segunda edición, Distrital tiene ese aire seductor que tiene todo lo nuevo.

Su reto para el próximo será mantener el ritmo, no desbordarse con decenas de títulos, no volverse (como le ha pasado a tantos festivales) un suceso solo para unos cuantos iniciados sino ser, como lo fue este año, una fiesta para todos.