La panorámica cae desde la sierra hasta el valle y nos presenta la comunidad Cuates de Australia, conformada por apenas 10 familias en medio del desierto de Coahuila. El cineasta mexicano Everardo González, después de convivir por varias temporadas con los lugareños, presenta un documental que desde el título es singular: Cuates de Australia.

En la pantalla miramos el desorden y el ruido como aspectos naturales, los niños en clases por las mañanas toman en la tarde los caballos para explorar el desierto como detectives bárbaros que allí desaparecen.

La comunidad se abastece de agua solamente gracias a un pequeño lago al que también los animales sedientos recurren. En el rancho, los hombres crían ganado y todos viven de lo que da la tierra. Las mujeres se encargan de las labores del hogar.

Una mujer embarazada de tanto en tanto va al pueblo más cercano a checarse acompañada por su marido quien, cuando les avisan que será un niño, se le hincha el pecho de orgullo y se pone rojo de contento.

Acá, los hombres son vaqueros y son ases domando caballos, lo han hecho desde siempre, desde que llegaron a este sitio abandonado por la lluvia hasta secarse, abandonados también por la civilización, incluso por Dios.

SIN HISTORIA NI DIOS

Dios es el que manda el agua, sólo él sabe por qué no la ha mandado , dicen los más ancianos de la comunidad. Aquí la voz de los mayores sí vale, es más importante y tiene más peso que si se tratara de ancianos asilados en la ciudad, aquí los viejos castran a los caballos, sacrifican a las vaquillas que darán vida a los convites nada frecuentes, son los que obligan a sus hijos a permanecer y a continuar con la tradición o con el ciclo de vida: convertirse en vaqueros hasta que dios quiera o hasta que todos nos muramos de sed.

Sin embargo, son también los primeros que ignoran la historia porque nadie sabe a qué se debe o cómo fue que alguien le puso Cuates de Australia a este rancho.

Más que en ningún otro lugar, aquí funciona esa frase de esperanza que reza Dios proveerá , formulación verbal que resuena en las comunidades rurales, allí donde la magia aún es posible.

En inglés, el nombre de la película es contundente pero unidireccional: Drought (sequía), pero en español es una disonancia curiosa porque el nombre Cuates de Australia impacta en sentido contrario, porque si bien la sequía está presente, la vida es el verdadero asunto, la vida de aquellas personas que pueden sobrevivir en las condiciones más míseras, pero que son precisamente míseras a los ojos de los modernos, de los civilizados, porque aquellas que nosotros vemos como carencias son para ellos inventos, asuntos que ignoran y del cual sólo son conscientes cuando dejan su rancho y se miran como otros en absoluta desconexión cuando migran al éxodo anual hasta que vuelve la lluvia y pueden regresar a su tierra.

La película se grabó antes del 2012, año en que se registraron las peores sequías en los últimos 70 años en el país. Everardo se había fascinado por la historia del éxodo casi bíblico que caracteriza a esta comunidad y así nos cuenta una historia que podemos entender realmente hasta que miramos una secuencia en la cual una vaquilla moribunda da sus últimos pasos, sin apenas fuerza de espíritu hasta que cae al suelo, se recuesta y, literalmente, estira sus patas.

Everado no nos muestra la desolación desnuda, sino la vida torciéndole el cuello al cisne de engañoso plumaje, ese cisne que no flota en el fango sino que vuela negro acechando su rapiña; así nos muestra las leyes naturales de los humanos, el poder de la sangre y de la tierra, así, de frente a la orfandad histórica, emerge la existencia con toda su claridad. Una composición sensible y extrema en su belleza y originalidad.

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