En 1998, en el mundo, una cosa amorfa, extraña y tremendamente atractiva va conformándose. Uno a uno, los países van cayendo en su red de mariposas (en su tela de araña), presas todos del mismo furor.

Recuerdo la primera vez que navegué en Internet. Era 1996 y tenía que ir a un lugar cuya entrada estaba restringida, donde se pagaba por acceder a esa magia cibernética. Años después, a lugares así se les llamaría cafés Internet y habría uno en cada colonia, pero entonces, por supuesto, no lo sabíamos y todo el asunto tenía lo suyo de esotérico. La supercarretera de la información todavía le llamaba alguno (entre ellos, esa institución de lo vetusto y lo superficial que es la revista Selecciones e incluso otras publicaciones supuestamente más informadas como el Muy interesante).

Para 1998, la red era ya un asunto establecido, conocido por un buen grupo de unos cuantos millones de personas alrededor del mundo. Pero la cosa no dejaba de ser todavía inasible para la mayoría. Faltaban todavía unos meses para el desinfle del boom dot com y su baño. Solo algunos genios alcanzaban a ver con claridad el horizonte. Y uno de esos genios fue Lawrence Lessig. Fue ese año cuando Lessig pronunció una de las conferencias más influyentes de la ética cibernética. La leyes del ciberespacio se tituló su ponencia, la cual dio en Taiwán.

Fueron palabras que definieron (y continúan definiendo) una era. Estamos en la era del caber-libertario dijo Lessig, una edad en la que cierto rumor ha nacido entre nosotros. El rumor dice así: el ciberespacio es inevitable y, sin embargo, el ciberespacio no es regulable. Ninguna nación podrá vivir sin él. Y ninguna nación podrá controlar nuestra conducta dentro de él (...). El ciberespacio es el lugar en el que los individuos son, inherentemente, libres de los soberanos del mundo real .

Lessig, hay que decirlo con claridad, está en contra de este aire de los tiempos, de la eterna libertas de ciberespacio. Su postura es más compleja, más profunda. ¿Por qué? Porque, a diferencia de sus contemporáneos (y es aquí donde Lessig es verdaderamente visionario), ahí donde se veía la libertad absoluta del espíritu humano, pudo ver un mundo de regulación como nunca se ha visto (…) tiene el potencial de convertirse en la misma antítesis de la libertad .

El problema, a ojos de Lessig, es que, como en el mundo real, no podemos escapar de ciertos reguladores de nuestro comportamiento. Así como en el mundo estamos restringidos por muros y suelos, en el ciberespacio nuestro paso está restringido por el código, esto es, por el software y los programas con los que tenemos que lidiar para hacer algo tan simple como abrir nuestro correo electrónico, ya no digamos actividades más complejas.

El código tiene dueños. Está protegido, por lo general, por leyes de derechos de autor y está sujeto a los vaivenes del mercado. Los creadores del código tienen, pues, intereses, y estos pueden ser desde los más lógicos (el deseo de un empresario creativo de ganar dinero con su creación) a algunos más perversos (aliarse con un poder dictatorial para restringir el acceso a la información, como sucede en China). Del código no podemos escapar. Su crecimiento es inalterable, su poder, inmarcesible.

En la práctica, el código se vuelve un nuevo soberano dice Lessig, omnipresente, omnipotente, gentil, eficiente y en crecimiento. Y debemos desarrollar para este soberano los límites que hemos desarrollado para los soberanos del mundo real .

La respuesta no es regular la producción de software ni en desarrollar una especie de ciberpolicía que vigile a los creadores de código. Se trata de crear lo que hemos aprendido de la democracia y aplicarlo al ciberespacio: la necesidad de una división de poderes, por ejemplo, la existencia de una carta de derechos individuales, los pesos y contrapesos de toda democracia funcional.

Mi principal temor termina, es que aún no hemos desarrollado el código de la libertad .

Hoy en día, Internet, con sus redes sociales y su contenido compartido, en momentos de agitación política en los que nos sentimos encantado con la red, vale la pena pensar en las palabras de Lessig dichas hace 14 años: ¿hemos ya desarrollado el lenguaje de la libertad?