La ciudad de Grasse en la región de Provenza, al sur de Francia, tiene el aroma de las flores. Para llegar a ella, debe subirse una colina, después llegarán las imágenes de un paisaje que todavía concilia lo natural con la minúscula urbe. En este punto del planeta, los días giran alrededor de los perfumes, incluso se cuenta con un museo dedicado a la historia de las esencias, éste es el Molinard, que corona el Boulevard de Victor Hugo, en el número 60. Una institución así sólo tiene cabida en una zona repleta de casas perfumeras, entre ellas la que da nombre al lugar de exhibiciones que de forma sintética narra el uso, las estilizaciones y el gusto humano por los aromas gratos.

De pronto, son las retortas, los morteros, toda una infinidad de utensilios dedicados a extraerle sus esencias a la lavanda, a los jazmines, la vainilla o a las materias que combinadas otorguen un olor a cuero, a madera, a flores o incluso a frutas. Por medio de grabados, pinturas e ilustraciones, de pronto estamos ante una crónica condensada que es parte de la cultura de ayer y de hoy.

Mejor aun resulta el Museo Internacional de la Perfumería, fundado en 1989 por el historiador Georges Vitry en el número 8 de la Place du Cours, en la misma Grasse. De mayor tamaño en sus instalaciones, que se despliegan en una edificación del siglo XIV. Envases antiguos y modernos, carteles del art nouveau, aparatos para la producción preindustrial, así como los que llegaron con las renovaciones de la química, con sus muy útiles fijadores, que permitían un mejor aprovechamiento de un perfume.

Aparece en una de las vitrinas un artículo cotidiano que es una paradoja: un cofrecito que servía para los afeites de la reina María Antonieta. La cual, por cierto, era reconocida por su falta de higiene, la cual suplía con bálsamos perfumados. Se dice que su piel daba la impresión escamosa debido a la mugre y las sustancias con las que trataba de engañar a los malos olores.

Incluso el Rey Sol, afamado por sus saberes, pasó a la historia por el terrible olor de sus pies. Cosa que era lamentable en una época precedida por los hedores de muchas de las zonas corporales.

El tercer museo del perfume en Grasse es el Fragonard, que se ubica en la calle del mismo nombre y en el número 20. Interesante, sin duda, aunque con menos atractivos que los dos anteriores. En el Fragonard de París, que está a la vuelta de Ópera, en la rue Scribe, hace algunos años, debía hacerse cita para recibir una visita guiada que culminaba con el ofrecimiento de comprar una determinada esencia por unos cuantos euros. En su recinto, podían verse algunos frascos del nuevo imperio egipcio o su colección, muy hermosa por cierto, de recipientes perfumeros romanos.

Grasse aparece en la novela El perfume de Patrick Süskind. Texto que tuvo la sospecha de plagio, pues, al parecer, el escritor se robó un proyecto de uno de sus alumnos. Mientras que el pintor Paul Klee admitió en su diario las fascinaciones que ejerció la aldea tunecina de Sidi Bou Said.

Vista en la actualidad, es un mercado perfumero que engulle los sentidos. Se está a 40 y tantos grados, por más que el mar cartaginés aparezca en la cercanía, ahí los comerciantes en esencias venden aromas floridos. Aunque esto debe hacerse luego de tomar un té de menta en un lugar que está al fondo de esa callejuela bordeaba por construcciones blancas y celestes.

El itinerario es un viaje al pasado porque esos frascos, alejados de la delicadeza occidental, son utilitarios para albergar estos aromas genuinos, que traducen un aspecto legendario de los baños perfumados; de la comida en la que se rocían las manos con un aceite destilado del azar o de las rosas. Lo que queda es una experiencia olfativa que hace olvidar, aunque sea, por un momento, las desgracias de un mundo arrojado a los hedores.