Pasar una semana en un festival de cine hace que el cinéfilo reflexione. La reflexión más importante de esta semana de ver mucho cine mexicano de la selección oficial es: ¿qué hace a una cinta festivalera? Pensemos.

Los festivales, Morelia en particular, son espacios para exhibir el cine que normalmente no llega a las pantallas comerciales. Qué las hace festivaleras: el ritmo, para empezar. A los directores del cine de arte les gusta tomarse su tiempo. Son cintas que llevan el acento en momentos dramáticos diferentes a los del cine comercial. Casi nunca funciona: en lo que a esta reseñista respecta, el cine festivalero mata de aburrimiento.

El cine mexicano de esta edición de Morelia desespera. Las películas en competencia son de la peor variedad del cine festivalero. Yo, de Matías Meyer, y Los herederos, de Jorge Hernández, pusieron a esta corresponsal a contar los minutos para huir de la sala. Mientras la prisión exista, de Nicolás Gutiérrez, me tuvo derramando lágrimas de aburrimiento.

De verdad, alguien en el CCC y el CUEC, o donde quiera que estos nuevos directores se estén criando, ponga una clase de sentido del humor. Díganles a los jóvenes cineastas que no todo tiene que ser ominoso, lento y con actores que subactúan, por decirle de algún modo a esas caras de masa inerte que hacen en pantalla.

El placer también es mío

Pero, oh, no quiero sonar ingrata. En realidad cada hora pasada frente a la pantalla en este festival ha valido la pena. Muchas historias, varias de ellas del tipo de historia que uno quiere.

Hay películas que son lentas y no por eso aburridas. Esto es especialmente cierto con El placer es mío, la película de Elisa Miller que ha sido mi favorita en Morelia. Es una cinta en competencia, así que le echo porras para que gane.

Edwarda Gurrola y Fausto Alzati protagonizan como una pareja de treintañeros citadinos que se mudan a una casa de campo. Al principio su vida es ideal: tienen animales, un huerto y Mateo (Alzati) tiene un taller en el que está construyéndose un carro.

Pero a medida que avanza la historia vamos descubriendo los rincones oscuros de su relación. La pareja pasa por diferentes estados de descomposición gradual. Hay varias escenas de sexo explícito pero definitivamente no podríamos llamar a El placer es mío una cinta erótica. El sexo, aun con amor, puede esconder verdades siniestras.

Gurrola y Alzati hacen todo menos subactuar. Sus interpretaciones están llenas de vitalidad, nos recuerdan de qué se trata la ficción: de que, aunque sea inventado, algo esencial está en juego.

Junto con Sopladora de hojas, de Alejandro Iglesias, y Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón, la cinta de Elisa Miller merece estar entre las tres mejores obras de la selección oficial.

De Sopladora de hojas ya hablé en otra entrega de esta bitácora. Te prometo anarquía no merece pasar desapercibida. Es una historia original, entretenida y finalmente conmovedora. Trata de un par de amigos skateboarders (o patinetos, pues), que se meten al negocio ilegítimo de la venta de sangre. ¿A quién se la venden? Eso es cuestión de ir descubriendo la historia. Podría ser una historia de vampiros, también podría ser un coming-of-age común: es algo más que esas dos cosas. El final no es perfecto, pero la cinta brilló acá en Morelia como una de las mejores. La función de prensa terminó con una larga ovación.

No que la prensa tenga siempre razón, pero en la opinión de ésta, su corresponsal, Te prometo anarquía mereció cada uno de esos aplausos.

Amnesia memorable

Bueno, y llegó el momento esperado. ¿Cuál, se preguntarán todos, fue la mejor película del FICM para esta reseñista?

Hay varias contendientes. No vi todo el programa, como ya expliqué en alguna entrega pasada, es imposible. No importa, me precio de tener buen ojo para elegir películas y creo que no me fue mal con mis elecciones.

La elegante The Assassin, de Hsiao Hsien Hou, ganadora en Cannes al premio de Mejor Director (ay, vamos, esos títulos ya no deberían importar tanto: uno no va a ver películas por este o aquel premio. En fin, lo menciono para ser informativa) podría ser mi película favorita de este Morelia, pero tiene un defecto: no entendí muy bien el final.

La excelente The Program, la película de Stephen Frears sobre Lance Armstrong, me gustó mucho, pero no es lo mejor que vi. La calle de la amargura, de Arturo Ripstein, es adecuadamente deprimente, pero me convence apenas como segundo lugar.

No, mi cinta favorita es una sola: Amnesia, del grande, enorme Barbet Schroeder. Amnesia es una historia de amor, pero no hay ni un beso, es sobre la revolución música electrónica en Ibiza pero apenas si hay escenas en clubes. Es tan sutil, tan natural. Y en su centro tiene una gran escena (con el magnífico Bruno Ganz) en la que un abuelo alemán tiene que revelarle sus propios pecados en el pasado nazi a su joven nieto. En medio de tanto cine entre bueno y mediocre en este festival, Amnesia se queda conmigo. Una amnesia completamente memorable.

Películas nacionales presentan? el México bárbaro de la actualidad

Un público conmovido e impactado fue el resultado tras la segunda proyección de la cinta mexicana Las elegidas.

El segundo largometraje dirigido por David Pablos pone sobre la mesa un duro tema, como lo es la trata de personas en el país.

Sofía, una joven de 14 años, está enamorada de Ulises. Por él, y a pesar de él, acaba encerrada en una red de prostitución en el norte de México. Para liberarla, Ulises tendrá que encontrar un remplazo.

Entrevisté a varias mujeres víctimas de trata. Una de ellas me contaba sobre su padrote, quien le decía que debía portarse bien para que no le pegara. Esa frase me conmovió porque me di cuenta de que el chico también era una víctima , comentó Pablos.

Fue a raíz de lo anterior que el director trabajó el guión para que la historia, aunque abarcara un mundo femenino, fuera contada desde el punto de vista de un hombre.

impunidad y violencia

Te prometo anarquía, del cineasta Julio Hernández Cordón, fue otro de los filmes más aplaudidos presentados en el Festival de Morelia; una historia de amor enmarcada en un contexto social corrompido.

La historia presenta a Miguel y Johnny, quienes se dedican a patinar y a pasarla bien. Para ganar dinero fácil, venden su sangre a un contacto, hasta que una transacción no resulta como ellos imaginaban.

En medio del retrato de un México bronco , donde se desatan la impunidad, la violencia y la desaparición de personas, el realizador ofrece una especie de romanticismo clandestino entre los protagonistas.

Todo el mundo se ha sentido desolado por el amor. Cuando te rompen el corazón, y aunque haya muchos kilómetros de distancia, esa persona está mucho más presente que cuando estaba contigo , comentó. (Con información de Redacción)

concepcion.moreno@eleconomista.mx