Leila Guerriero tenía 11 o 12 años el día que vio bailar a la leyenda del flamenco, Antonio Gades, en Buenos Aires. Se le quedó tallado en el recuerdo ver a ese remolino de sangre en el escenario.

Cuando vi bailar a Rodolfo por primera vez fue así, el mismo choque eléctrico .

Rodolfo es Rodolfo González Alcántara, el protagonista de Una historia sencilla, el libro más reciente de Leila, una crónica sobre un concurso de malambo (el baile gaucho por excelencia) en Laborde, un pueblo pequeño de Argentina.

Dicho así suena a cualquier cosa, un folclórico recuento más latinoamericano, y visto de lejos es así. Pero Guerriero nos lleva bien cerca del certamen, que resulta ser el más importante encuentro de bailarines de malambo. No sólo eso: para el que sea el mejor bailarín resulta el fin de su carrera: el campeón de Laborde ya no puede volver a competir. Es verdaderamente su último baile antes de morir.

¿Tú dirías que Rodolfo se transfigura en escena? , le pregunto a Leila.

Sí, es una buena manera de ponerlo. Aquella vez que vi a Antonio Gades tuve esa sensación, que lo que veía era único, era otra cosa… Sin ser una experta en flamenco, así como tampoco lo soy en malambo, me sentí profundamente conmovida .

Con esas dimensiones, los bailarines, que en la vida diaria son tipos de lo más comunes y corrientes, se transfiguran en héroes. O al menos así logra narrarlos Leila Guerriero, periodista argentina, experta en perfiles, crónicas y toda esa miscelánea que ahora se ha dado en llamar periodismo narrativo.

Escuchar con curiosidad

Casi siempre esos textos, crónicas y perfiles, surgen de lo extraño, de lo singular. Es fácil encontrar cómo hacer espectacular la vida de un artista rompedor de ídolos, de un héroe político cojo y corrupto, o de un empresario exitoso que colecciona mujeres y trenes eléctricos: de cualquiera que haya alcanzado notoriedad por ser claramente peculiar.

El reto de Guerriero fue encontrar una historia que contar entre gente sencilla.

Leila: Es verdad que son personas muy normales, muy normales, pero una vez que te acercás hay ahí un drama muy particular, no sólo por el asunto del último baile, sino por quiénes están en competencia. En el libro hay ahí un triángulo interesante, dos hermanos que compiten en bandos opuestos, con Rodolfo en medio.

Es cosa de acercarse y de tener paciencia y encontrás qué narrar .

Todo fuera como eso. Los textos de Leila Guerriero (ya sean sus perfiles de personajes recogidos en libros como Plano americano o Frutos extraños, o crónicas largas como Los suicidas del fin del mundo, o en los más cotidianos que publica en revistas como El malpensante, Gatopardo o el diario español El País) uno tiene la sensación de que todo fluye, de que allá afuera hay cosas para contar en cualquier esquina.

No es tan fácil. A veces los personajes dicen muchos lugares comunes y te desesperás porque no encontrás quién es esta persona con la que hablas. Pero he aprendido que nadie es monolíticamente bueno, ni absolutamente nada. Mi tarea es acercarme, paso mucho tiempo con ellos, horas, días. Escuchar con curiosidad .

La hija de Corto Maltés

Aunque se ha definido como una persona brusca y más bien arisca, en esta entrevista Leila es muy amable. Le gusta precisar datos y ser muy puntual, pero nunca aparece cortante ni seca.

Leila Guerriero nació en Junín, Argentina, un pueblo agropecuario de tierra muy fértil ( es decir que es un lugar donde hay dinero y trabajo ), en 1967. De niña leía de todo, todo lo que se encontraba en casa. Su padre era un gran lector, así que libros a su alcance había. Autores clásicos y contemporáneos; periodismo y literatura revueltos.

Y leía todo el tiempo, de pie, sentada o en movimiento. Uno de mis grandes placeres es leer en movimiento. Desde niña puedo ir a bordo de cualquier vehículo leyendo . No se marea, como si nunca hubiera perdido esa cualidad que tienen los niños de perderse, como si se disolvieran en lo que hacen.

Sobre todo lee narrativa, pero en su casa Leila tiene un estante propio para los libros de poesía. No es el gusto adquirido de una escritora en busca de sofisticación: desde siempre disfrutó de la lírica. Sobre todo lo barroco. Sor Juana, por ejemplo. En Argentina, cuando yo era niña, la educación pública era extraordinaria. Había unos libros de lectura magníficos, antologías poéticas muy buenas .

Durante un tiempo estuvo obsesionada con Cesare Pavese, pero hoy en día dos poetisas le susurran al oído: la uruguaya Idea Vilariño ( Tal vez pude doblar este destino mío en música inefable. O necesariamente… ) y una señora que se llama Louise Glück . Lo dice así, sin presunción, como si Louise Glück no fuera una de las poetas estadunidenses más importantes del siglo XX, y no hay problema si uno no la conoce.

En tus textos tienes una economía particular: sabes darle pausa a los textos, encuentras imágenes precisas. ¿Es por la poesía?

Sí, pero creo que es más por las historietas que leí y sigo leyendo.

¿Las historietas, los cómics? ¿Qué cómics lees?

Tuve la fortuna de crecer en una gran época de la historieta argentina. Leía muchísimas, algunas no sé si las conocen en México, pero qué te puedo decir: todo lo de Salinas, lo de Robin Wood, Domingo Mandrafina, la revista Skorpio, El Eternauta… En particular me gusta Hugo Pratt, el autor de Corto Maltés. Si tengo que elegir una sola, sería La balada del mar salado, una aventura de Corto Maltés.

Del turismo a la TV

Leila no estudió periodismo, sino una cosa inesperada: turismo. Quería viajar, no quedarse quieta en una oficina. Pero también quería escribir. Y por eso un día llego a la recepción de Página/12, el diario argentino, y dejó ahí un cuento sin mucha esperanza de nada. Se lo publicaron y se enteró por coincidencia.

En Página/12, y en su revista Página/30, Leila conoció a los que considera sus maestros de periodismo: Eduardo Blaustein, su primer editor, y Rodrigo Fresán. Con Fresán aprendí lo que es ser periodista, todo lo cotidiano: entregar a tiempo, escribir bien, con limpieza, orden, que quede prolijo .

Y lo aprendió muy bien, porque hoy Leila, que además de escribir también edita, es una obsesa de lo bien escrito. De sus textos hace 15 borradores o más antes de darlos por terminados.

A Leila le gusta ver la televisión, sobre todo la televisión abierta. En todos los lugares a los que viajo miro la televisión. De todo: noticieros, talk shows, programas de chismes, concursos, magazines. No tengo una mirada elitista, diciendo ‘Qué asco lo que la gente mira’, sino que la disfruto, trato de entender y a veces me espanto .

Sorprendentemente, a Leila lo que le gusta más es el cine. Más que leer, mi gran placer es el cine. Entrar a la sala a oscuras me sigue emocionando cada vez .

David Lynch es su director predilecto. De ahí el título de su libro: Una historia sencilla, como la cinta de Lynch.

[email protected]