Resulta inevitable que después de sucesos como los acaecidos en la primaria de Connecticut hace unos días, o los del cine de Aurora durante el estreno de Dark Knight Rises, o más atrás aún, después de Columbine o Georgia Tech, que la agenda mediática de EU sea tomada por el debate sobre el control de las armas.

En los primeros días, se suele tener mucho respeto por las víctimas, los primeros en vociferar contra la vilipendiada NRA lo hacen diciendo, con aparente delicadeza, que el tema no puede esperar más y no obstante el dolor de las familias, es vital que se implemente ésta o aquella medida.

Durante los primeros días, parecerá que el consenso está en favor de la regulación, que los fanáticos de las armas han finalmente entendido que su postura era equivocada, que se han quedado, por una vez, sin argumentos. Los medios recuperan las declaraciones de alguno que otro converso, los testimonios de los dolidos padres, y la siempre dolorosa crónica de funerales.

En el torbellino mediático, la cobertura pasará de la especulación a la labor detectivesca. De la reconstrucción de momentos clave, al llamado de supuestos expertos para analizar la mente del asesino, sus motivos, el siempre importante señalamiento de culpa hacia aquellos incapaces de darse cuenta antes de que algo iba a salir así, de no ver los focos rojos, la mirada perdida, la espuma en la boca del muchacho con el AK47.

Mientras, la NRA permanece en silencio, casi como si estuviera avergonzada, piensan sus detractores, y entonces una voz por aquí, otra por allá levanta la mano para señalar que, a lo mejor, la tragedia hubiera sido evitada, bueno, si hubiera un guardia armado afuera de cada salón, o si los maestros tuvieran una 45 lista para emergencias en la mesita, junto a la más reciente manzana.

La importancia que dan los estadounidenses a la libertad de expresión nunca es más palpable que cuando alguien sugiere frente a una cámara alguna teoría delirante, como qué hubiera pasado si el psicópata entra al salón de clases y los niños lo reciben a tiros, cual secuencia de alguna futura película de Tarantino.

Entonces nos queda claro que no estaban avergonzados, ni calladitos, porque se hubieran quedado sin argumentos, que los devotos del derecho constitucional e inalienable a portar armas estaban sólo siendo un poquito prudentes, dejando a los otros colgarse del dolor y la indignación, sentir fuerza frente a algunas palabras en el funeral de uno de los pequeños, certezas en las palabras firmes del Presidente o algún otro político, catarsis cuando un estadio reserva un minuto de silencio, y los jugadores anotan en sus zapatos los nombres de las víctimas, antes de recorrer el campo y atrapar el balón definitivo en el duelo de esa semana.

Es casi inevitable que aquellos a favor del control de armas, piensen que esta vez sí será, que lo sucedido es contundente, irrebatible, que habrá el momentum necesario para cambiar. Y entonces alguien, en un tono razonable diga que sí, fue horrible, y se unen al dolor de las familias de las víctimas, y que todo se hubiera podido evitar si, ejem, la persona correcta hubiera tenido a la mano los medios para tumbar al desgraciado antes de que causara el daño.

Hay temas en los que los estadounidenses nunca se pondrán de acuerdo. En los que las posturas de liberales y ultraconservadores están en polos opuestos, en los que pueden establecerse victorias parciales, cuando el balance de la Suprema Corte se inclina a uno u otro lado, pero en los que no existe el argumento capaz de convertir.

Podemos subirnos a la agenda mediática, que al final es sólo eso: el sabor de la semana. Mientras tanto, en el centro del corazón de América, una familia sacará del armario sus rifles de asalto y automáticas, para enseñar a los niños a desarmar y lubricar las piezas, y después celebrará la Navidad con una competencia de tiro a latas de arándanos y cerveza en una cerca de madera. Es la otra parte del sueño americano, la que, para algunos, es pesadilla y, para otros, una noche relajada y pacífica, durmiendo con un revólver bajo la almohada.

@rgarciamainou