Desde hace seis años, el portugués João Fernandes ha sido subdirector artístico del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid. Le respalda una amplia experiencia en dirección de museos, docencia y curaduría independiente. Es un conocedor del arte globalizado. Ha representado a su país como comisario en las bienales de Johannesburgo, São Paulo y Venecia.

Se encuentra en México por invitación de Patronato de Arte Contemporáneo (PAC), presidido por la mecenas Aimeé Servitje, como director invitado de la edición XIV del Simposio Internacional de Teoría sobre Arte Contemporáneo (SITAC), que se llevará a cabo en el Museo Nacional de Antropología, del 17 al 19 de enero, y tiene por título “De qué hablamos cuando hablamos de arte. Discursos del arte, discursos del mundo”. En él participarán ponentes internacionales, expertos en temas de arte desde todas las perspectivas, entre ellos Peter Osborne, Patricia Falguières, António Guerreiro, Stephen Wright y Blanca Gutiérrez Galindo.

La experiencia apreciativa más allá del mercado

Fernandes platicó con El Economista minutos después de presentar la directriz de la conversación que llevará la edición XIV del SITAC, donde mencionó que el encuentro se dará en el contexto de la paradoja temporal en la que jamás se había hablado tanto del arte en el mundo cuando parece que menos se habla de arte. La razón, dijo a grandes rasgos, obedece a la economía global del espectáculo: el coleccionismo privado, los museos condicionados por las nuevas estructuras de mercado o el turismo cultural que tergiversa la experiencia apreciativa.

Por lo anterior anunció que el encuentro bajo su dirección tratará de recentrar la discusión en las emociones, los pensamientos y las reflexiones que provoca el arte más allá de los contextos de legitimación de las obras o de la biografías de sus protagonistas. Y ahondó en ello:

—¿El mercado del arte ha sumado o restado a su diversificación, tanto de temas como de la manera en la que se habla de ella?

El arte ha generado una economía y esa economía está integrada al mundo globalizado. Pero sabemos que el arte está más allá de su mercado. El mercado es algo que refleja el funcionamiento de un sistema de valores que, en realidad, nada tienen que ver con la naturaleza de una obra. Es necesario estar conscientes de lo que ocurre con esa situación globalizada y, por eso mismo, es importante recentrar la discusión en la obra de arte sin olvidar lo que le está ocurriendo en una situación de mercado que es cada vez más dominante. Por ejemplo, muchas veces los museos sin financiamiento se ayudan de los protagonistas de ese mismo mercado, sobre todo los que desarrollan colecciones.

Hoy los museos privados tienen muchas más posibilidades que otras instituciones (las públicas) para coleccionar, y eso empieza a ser visible en el modo en cómo las instituciones del arte funcionan a partir ese tipo de financiamientos. Ese contexto es relevante, pero sigue siendo más relevante seguir interrogando lo que hay de único en la experiencia del arte y las posibilidades de reflexión y pensamiento crítico que pueden existir a partir de ella.

Ir más allá de los usos del arte es uno de los puntos clave que desarrollaremos en el SITAC.

—Has comentado que los museos deben ser el lugar de experimentación radical de todas las posibilidades de libertad. ¿Cómo pueden mantener esa esencia ante lo avasallador del mercado?

Los museos proponen un punto de vista y al mismo tiempo originan una discusión o relato ente el arte, el presente y la historia. Visitar un museo es siempre conocer un relato sobre la manera de presentar el arte: interrogar críticamente esos relatos, reconocerlos, saber interpretarlos y al mismo tiempo discutir su pertinencia. Es una discusión necesaria dentro de los museos. Por eso mismo, el museo hoy es una institución que enfrenta muchos de los dilemas y contradicciones de la sociedad contemporánea; pero eso no disminuye su responsabilidad en la construcción de la propuesta de un relato que pueda ser discutido críticamente.

—Las galerías, sin embargo, son puntos importantes de exhibición de nuevos artistas. ¿Estás de acuerdo?

Sí. Muchas de las exposiciones de las galerías son momentos importantes de la obra de los artistas. Cuando digo que es necesario discutir la obra más allá de sus usos en un contexto de mercado, no quiero decir que en las galerías no existan esos momentos. Siempre han existido.

La diferencia entre un museo y un galería es la misma que existe entre un museo y un restaurante. Un museo trabaja con artistas que muchas veces no necesitan estar privilegiados por ese tipo de mercado; trababa con artistas independientes de los criterios de legitimación que el mercado ha creado. No quiere decir que esos criterios de legitimación sean invisibles o que no haya que confrontarse con ellos. El museo tiene que posicionarse delante de ellos porque lo que interesa es perpetuar en los museos la legitimación que el mercado ha generado. El mercado es un sistema de compra y venta. Eso poco tiene que ver con la relevancia que una obra de arte pueda tener.

—Y sin embargo hay museos que solo reciben los legitimizados del mercado. Me atrevo a decir que la gran mayoría. ¿Es ese un error de muchos museos públicos?

Creo que el museo sigue siendo un espacio donde podemos encontrar aquello que no conocemos y esa es su función en razón de la construcción de un conocimiento crítico.

Es verdad que hoy la propia naturaleza del funcionamiento de los museos, de su financiamiento, hace que los museos insistan en presentar los nombres que ya se conocen, porque son los nombres que hacen cartel. Pero creo que hay siempre más arte que el arte que ha sido reconocido. Construir una exposición no tiene nada que ver con aquello que ya se conoce o reconoce, pero tiene que ver con la manera de saber estimular la curiosidad de quien visita un museo para conocer aquello que desconoce en vez de reconocer aquello que ya piensa conocer en función de modelos establecidos. Eso y añadir nuevas historias a la historia del arte es la función fundamental del museo de arte contemporáneo, más que insistir en los nombres que ya todos pueden encontrar legitimados por otros sistemas. Ahora que cuando se trabaja con un nombre ya reconocido, es siempre interesante construir un punto de vista distinto sobre su obra. No vale la pena repetir aquello que ya se hizo. Es parte de los imperativos categóricos de los curadores de los museos.

—¿Cuál dirías que es tu criterio a cargo de la subdirección artística del Reina Sofía y qué lo diferencia de otras administraciones?

El Reina Sofía tiene una manera de construir y presentar su colección un poquito distinto de muchos otros museos. El arte del siglo XX en España tiene un momento de convergencia fundamental entre arte e historia en el presente.

En el contexto de la Guerra Civil Española se hicieron muchas obras esenciales de la historia del arte. Eso marcó las biografías de muchos artistas. El Museo Reina Sofía presenta una obra maestra, entre muchas otras, que es Guernica (Picasso, 1937), una de las piezas más simbólicas del arte del siglo XX, aún hoy un símbolo muy activo de protesta contra la tragedia de la guerra y la opresión que sigue siendo el ejemplo del compromiso del arte con un momento histórico.

Construimos relatos sobre la historia del arte al mismo tiempo que se construye un relato sobre la historia social y política. Articulamos toda la historia del siglo con la participación reactiva de los temas del presente. Eso quizá es nuestro distintivo en relación a museos que por veces parecen adoptar una visión neutral de la historia. La historia del arte no es neutral, jamás es neutral. Cuando nos intentan presentar esa neutralidad, siempre hay una ideología escondida detrás de ella.

La versión de la historia desde la óptica de los perdedores

La historia es contada por aquellos que muchas veces son los vencedores. Pero Guernica es una obra que representa a los perdedores de una historia. Contar la historia desde el punto de vista de los vencidos es también una necesidad. Por eso hay que contar la historia sin escapar de sus dilemas y conflictos, porque la historia está llena de conflictos. El arte también. Eso es, sin duda, uno de los cruces muy específicos que el Reina Sofía propone con los relatos de sus colecciones.

Y sin embargo el Guernica es una de esas obras que podrían incentivar la visita a un museo hasta convertirlo en una institución de turismo cultural.

Sabemos que eso ocurre, porque va mucha gente de todo el mundo a ver al Guernica como también se va al Louvre a ver a la Gioconda. Lo que nos interesa es desplazar a esa gente al otro contexto, porque el Guernica en el Reina Sofía no está fetichizado, no es una obra aislada de su contexto histórico. Conocer al Guernica en el museo significa conocer toda una visión de la Guerra Civil Española, conocer muchas obras de arte que han sido producidas, y muy distintas, del Guernica en ese momento; significa conocer el Pabellón de la República Española de la Exhibición de París de 1937, donde el Guernica fue presentado; implica conocer relatos, documentos, imágenes, películas históricos; implica comprender lo que ocurrió en ese momento en el que la historia de España y del mundo se cruzaron en uno de los conflictos que han anticipado muchos otros que aún hoy siguen visibles en nuestro tiempo.

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