Queer culture, el mundo chicano y un cine danzante forman la triada de nuevas exposiciones del Centro de la Imagen. Con ella el Centro abre su año de muestras con trabajos curatoriales de largo aliento. La finalidad: llenarle los ojos a la audiencia con tres artistas de origen mexicano que no creyeron en muros ni en más rotura que en la de las fronteras.

Agustín Martínez Castro (1950-1992) fue uno de los primeros documentadores del movimiento gay mexicano.

En su exposición Piratas en el boulevard, Martínez Castro nos da un paseo por su mundo: el de la identidad gay militante. Dice Juan Jacobo Hernández el activista histórico del movimiento LGBTQ mexicano: “Agustín no mostró el exotismo, sino más bien la resistencia. Como en esas fotos de los jotos en Lecumbérri, luchando valientes”.

Hernández fue amigo y compañero de lucha de Martínez Castro. A ambos, con cientos de compañeros, les tocó iniciar el movimiento gay visible y eso cuentan las fotografías de Piratas en el boulevard. Gente que a pesar de la discriminación rampante no temió gritar por las calles “¡Arriba los putos!”.

Uno de los personajes importantes de la exposición es Tito Vasconcelos, pionero del cabaret gay, creador de espacios donde se podía ser joto a gusto y donde comenzó en México la queer culture: la cultura del ser diferente.

Militante podría llamarse también el trabajo del fotógrafo Ricardo Valverde (1946-1996), chicano que visitó por primera vez México en 1964 como estudiante de la UCLA (institución que tiene resguardado su archivo) y se quedó con los ojos llenos. La exposición se llama Experimental Sights y es bellísima.

Sin embargo, su trabajo no es sobre México solamente, ni siquiera en exclusiva de la cultura chicana, sino que es universal: sobre el cuerpo, el erotismo y la reconfiguración familiar de nuestros tiempos.

El cuerpo es el de la esposa de Valverde, Esperanza, protagonista de muchas de las imágenes. Espi, como él la llamaba, en cueros en la cocina, Espi dándose un baño, Espi con sus hijos. Valverde iba a todos lados con su cámara, así que sus fotos tienen mucho de fisgoneo y de testimonial. Como Agustín Martínez Castro, hay una línea muy tenue entre su trabajo artístico y su mundo íntimo.

Valverde también documentó, y lo hace con imágenes muy divertidas, la cultura angelina de los automóviles, en especial de los lowriders, los autos modificados que forman parte cotidiana del panorama de East LA, la zona de Los Ángeles en la que viven más mexicanos.

Teo Hernández es el tercer artista de este trío afortunado, con la exposición Estallar las apariencias.

Nacido en México en la década de los 30, Hernández se autoexilió desde su juventud a otro lugar, el que fuera, con tal de encontrar la libertad que no vivía en México. Murió en 1992 en París, Francia, donde prácticamente realizó toda su obra.

Cineasta experimental, Teo Hernández hizo películas difíciles de clasificar pero no difíciles de ver. Son trabajos audiovisuales que juegan con la velocidad del cuadro, la luz, el encuadre de las imágenes. Hernández era tan dado a experimentar que era dado en modificar las cintas al mismo tiempo que las exhibía y el público se quedaba sorprendido pues nadie hacía eso en esos años.

Hernández sentía una gran fascinación por la danza y así su cine es cine que baila. Dice Michel Nedjar, su pareja de casi toda la vida, que su cercanía con la danza fue tal que los bailarines ayudaron a su sustento en sus últimos años de vida.

Agustín Martínez Castro, Ricardo Valverde y Teo Hernández tienen varias cosas en común: su muerte temprana, la confrontación valiente de las etiquetas y el hecho de que son todavía poco conocidos en su propio país.

Ésta es la mejor oportunidad para descubrirlos.

Centro de la Imagen

Plaza de la Ciudadela 2, Centro.

Miércoles a domingo, de 10 am a 7 pm.

Entrada libre.

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