You’re face to face

with the man who sold the world.

En las vacaciones de diciembre me pasó algo maravilloso: me encontré a David Bowie en mi cama. Antes de que se pongan a especular sobre mi virtud, me explico: por razones de salud pasé casi todo diciembre confinada a mi recámara, sin grandes cosas que hacer. Y entonces descubrí a Bowie.

Por supuesto que yo sabía, a medias, quién es David Bowie. Recuerdo la vez que vino a México, a finales de los 90. Todos en la escuela hablábamos de ese freak del que no sabíamos nada. Yo me compré su disco Hours, que me sigue pareciendo bonitísimo y que abre con una canción que me conmueve hasta la furtiva lágrima, fíjense.

Pero hasta hace unos meses yo no sabía-sabía quién era Bowie, ¿me explico? No era su fan, no entendía su absoluta solvencia creativa.

Eso hasta que vi el documental David Bowie: Five Years en Netflix. Dura apenas una horita e increíblemente en tan poco tiempo logra desmenuzar la carrera de Bowie.

Five Years recoge cinco años trascendentales de la carrera de Bowie, cinco años en los que se reinventó a sí mismo.

La palabra reinvención se usa con mucha laxitud en el mundo del arte; cada vez que un creador cambia un pequeño rasgo de su obra se dice que se reinventó. Bowie no toma ese asunto con ligereza, según queda establecido en el documental. Es un cambio completo de, por ejemplo, la melodiosa Life on Mars? al soul indómito de Young Americans . Y entre ambos estilos sólo hay un par de años de distancia.

Bowie no se piensa a sí mismo como rockstar, sino como un instigador de nuevas ideas, un coleccionista de personalidades . Tiene un dominio escénico muy impresionante; increíble verlo pasar de personajes, del colorido Ziggy Stardust al ominoso Thin White Duke: primero es un payaso y luego es un ominoso y elegante aristócrata con pinta de superhombre nietzcheano.

En Five Years se entrevista a varios de de los colaboradores más importantes de la carrera de Bowie, entre ellos Brian Eno, Tony Visconti y Robert Fripp. Fripp fue el que más me impresiona: se supone que es uno de los grandes reclusos del rock y en la película se le ve la mar de contento. We are the goon squad and we’re coming to town, beep beep. ¿No es esa una frase que se te queda en la cabeza? , dice Fripp divertidísimo cuando habla de su trabajo en la canción Fashion .

Después de ver Five Years, yo en mi cama, me dediqué a escucha non-stop todo lo que el chamán Bowie tenía que decirme. Me enamoré del Station to Station. La canción que da título es un viaje lisérgico. También me entregué desnuda y sin hablar a la seducción del Let’s Dance, el disco que construyó la década de los 80. Y el Scary Monsters fue la culminación de una de las mejores vacaciones que he tenido. El video de Ashes to Ashes lo vi en repetición constante como si fuera una enferma obsesivo-compulsiva: a partir de ese clip nació el movimiento neogótico en el mainstream mundial.

La semana pasada rematé mi romance con David Bowie con otro documental, esta vez en el cine. Cinépolis, que desde el año pasado ha tenido a bien traer documentales de rock para presentarlos en fechas limitadas, como si se tratara de un concierto, exhibió David Bowie Is, cinta sobre la exposición del mismo título.

¿Qué o quién es David Bowie?, ésa es la pregunta implícita en el nombre de la exposición. David Bowie es un duende, David Bowie es un destructor de ídolos, David Bowie es el despertar sexual de Inglaterra. David Bowie is dancing in my head.

El año pasado el Museo Victoria & Albert de Londres alojó una exposición extensiva y muy exitosa sobre Bowie, el dueño del mundo, el arlequín plástico. La exposición recogía no sólo el estilo escénico de Bowie, también su trabajo puramente musical. Parte del recorrido son las hojas manuscritas de varias de sus letras, tachadas aquí y allá, muestras del trabajo sudoroso que es crear.

David Bowie Is es un buen documental, pero algo le falta que sí tiene Five Years: enamoramiento. De Five Years salí seducida. De David Bowie Is salí cansada por acumulación: es un show abigarrado.

Vean los dos. Y dejen que Bowie tomé los controles de su imaginación.