Hay quien piensa que el arte del spin es exclusivo de los políticos. Esa facilidad para darle la vuelta a una situación contraria y convertirla, de pronto, en un punto en favor. Grandes asesores estadounidenses, conocidos como spin doctors, han fincado sus carreras en esta sutil habilidad, que toma prestado tanto de los manuales de autoayuda como de la más enrevesada estrategia política.

El término del spin doctor (no confundir con la banda) tiene su origen en los años 80. Parte de una labor de relaciones públicas que se puede describir como darle vuelta a un objeto (o situación) hasta que el ángulo o cara que más nos favorezca sea visible, ocultando lo desfavorable como parte del giro.

En su aspecto más superficial, el éxito de darle la vuelta a las situaciones se basa en dos principios muy simples. El primero es que los simpatizantes o seguidores de un político o una causa están esperando una explicación (la que sea) para interpretar los acontecimientos de acuerdo con su modelo del mundo. Una vez que la explicación se emite, se puede casi escuchar su colectivo suspiro: ¡Ah, eso fue lo que pasó! .

El segundo factor radica en la pobre atención que el espectador promedio le pone a un hecho noticioso frente a la saturación de estímulos en la vida moderna; el spin doctor considera que su verdad a medias puede confundirse con la otra, especialmente si se dice con certeza y se repite lo suficiente.

Basta escuchar a Rodrigo Medina, gobernador de Nuevo León, dando explicaciones sobre el levantamiento en uno de los penales de su entidad que significó 44 muertos y 30 Zetas dados a la fuga. La sobrepoblación en las cárceles de Nuevo León es una de las más altas del país. Durante el levantamiento nocturno, se presume que había niños y mujeres dentro, una suerte de visita familiar extendida en pijama party fatal.

¿Qué tiene que decir el señor Medina? En lugar de explicar las deficiencias de sus cárceles y la necesidad de construir más o modernizarlas, de reflexionar sobre esa variante de la presunción de inocencia que hace que casi la mitad de los reos ni siquiera tenga todavía sentencia, Medina intenta el spin, algo así como: Hemos hecho tan bien nuestro trabajo deteniendo delincuentes del crimen organizado, que las cárceles están llenas .

Unos días antes, en medio del escándalo por la denuncia de plagio en algunos de sus textos, el escritor Sealtiel Alatriste renuncia al premio que habían recibido sus dos últimos libros y también a la Dirección de Difusión Cultural en la UNAM. Cuando se le invita a explicar su versión de los hechos, el autor de Ensayo de la ilusión, dice: No plagié, copié .

Con la ley en la mano, intenta matizar diciendo que cometió un error pero no un delito, que se le podrán haber ido las comillas y mencionar al autor de algunos párrafos que en el texto se implicaban suyos, pero que eso (según la ley) no es plagio, porque no lucró: fue un simple copy-paste. Como el que nos enseñaban en la primaria en los 70: compras en la papelería una biografía de Benito Juárez. Una estampita de colores con texto al reverso. Copias el texto en el cuaderno y pegas la estampita a guisa de ilustración. Pones tu nombre. Tarea completa. Aún antes de Wikipedia, nuestra estrategia académica estaba cerca del copy-paste.

Habría que preguntarle a Alatriste si él, como profesor, aceptaría esa explicación de cualquiera de sus alumnos.

El spin toma niveles absurdos. Basta recordar el desliz de AMLO a quién se le escapa en micrófono abierto, antes de una conferencia de prensa, que si esta vez pierde la elección se va ir a la chingada . Los reporteros van de la risa, ante la sinceridad democrática del candidato, a la perplejidad, cuando en un spin de locura, se les dice que así se llama una propiedad campestre del candidato, por los rumbos de Palenque en Chiapas, adonde pretende irse a pasar unos días para descansar de la campaña: Quinta la Chingada.

El spin también encuentra hogar en la interpretación que hacen los candidatos (y, tristemente, algunos analistas) de las más recientes encuestas. Habiendo aprendido en el 2006, por la mala, el concepto del margen de error" en los instrumentos estadísticos, el candidato lo ve como una cantidad a sumar a su porcentaje para hacerlo mayor, particularmente, porque después resta la misma cifra a sus contrincantes.

Así, si AMLO llevaba en enero 17%, Vázquez Mota 25% y Peña Nieto 40% de las intenciones de voto, dependiendo a quién le preguntemos, AMLO puede tener 20%, Vázquez Mota 22% y Peña Nieto 37 por ciento. O juegue usted con los números al gusto para probar su argumento. El margen de error, cálculo de probabilidad estadística, está ahí para dar rangos de certidumbre, no para inflar las ansias de triunfo de los candidatos. De ahí que sorprenda que Ciro Gómez Leyva se aventara la puntada de afirmar en Tercer grado que AMLO y Vázquez Mota prácticamente van empatados. Los ocho puntos de diferencia convertidos en margen de error.

Basta revisar la prensa, la tele, la radio cada día, para toparse con un sabroso puñado de volteretas, algunas tan obviamente chafas como la de Medina, otras más inspiradas. Y si no formamos parte del grupo del ah-qué-alivio, por lo menos, nos corresponde hacer un alto en la lectura e identificar la carta en la manga, antes de que el mago haga su truco de humo y luces.

Twitter @rgarciamainou