Entre las severas consecuencias de padecer diabetes mellitus sin control y/o hipertensión arterial u obesidad —los males crónicos más generalizados entre mexicanos— está la enfermedad renal crónica (ERC).

Esta consiste en la disminución de la función de los riñones y/o la presencia de daño renal durante de más de 3 meses. Es una de las epidemias de alto costo para las cuales no hemos logrado como país hacer frente de manera adecuada.

Se estima que son unos 6.2 millones de mexicanos con diabetes que ya derivaron en insuficiencia renal, sin que necesariamente sepan que la padecen. La ERC es una enfermedad cuya atención es muy costosa no sólo en términos económicos sino en pérdida de calidad de vida para quien la sufre.

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) atiende la gran mayoría de los pacientes renales, unos 72,000 pacientes (85% del total de pacientes a nivel nacional) que reciben terapia sustitutiva (diálisis o hemodiálisis) lo cual representa un impacto económico de 11,700 millones de pesos para el Instituto.

Y lo más absurdo es que con mediciones e intervenciones oportunas el daño en riñones se puede prevenir.

Pero como país no hemos hecho gran cosa al respecto. El problema viene creciendo desde hace décadas y es la hora en que en México no se ha conformado un plan que permita atacar al daño renal de manera radical y organizada en todo el sistema nacional de salud.

El tema fue abordado recientemente en la Cámara de Diputados en el segundo encuentro de la Alianza por la Salud Renal donde se hizo un llamado a aterrizar programas de salud pública destinados a reducir los factores de riesgo de enfermedades que pueden conducir a la ERC: diabetes, hipertensión y obesidad, así como la detección temprana y el control adecuado de éstas.

El primer paso, un registro

Especialistas hicieron ver lo prioritario de dedicar esfuerzos a la conformación de un registro nacional de pacientes renales. Éste debe ser una política pública prioritaria para en principio conocer de qué tamaño es la población que sufre algún grado de daño renal, y las condiciones en que lo atiende. A medida que la enfermedad avanza, el paciente puede llegar a requerir de una terapia de sustitución renal, que funciona como soporte de vida.

Actualmente existen tres terapias de sustitución renal: la diálisis peritoneal, la hemodiálisis y el trasplante renal. Este último es la mejor opción para el paciente, pero es muy poco viable en nuestro país por dos factores: el costo y la falta de donantes. Lo más relevante es que teniendo datos será factible tomar decisiones para mejorar la vida del paciente, y sobre todo ejecutar acciones para evitar que siga elevándose con la celeridad en que va.

maribel.coronel@eleconomista.mx

kg