“En estricto sentido no sería una eutanasia. El resultado es el mismo. El suicidio, en un enfermo terminal, no es más que una muerte autoasistida”. El anterior es un extracto de la reciente novela del escritor y poeta Daniel Leyva, Administración del duelo, S. A., el relato trepidante, prácticamente prescindiendo de la puntuación, de un hombre que después de varios años recupera la consciencia, postrado en un hospital, sin poder moverse, hablar ni recordar quién es o qué sucedió para estar en esas condiciones. De pronto, la voz de un viejo amigo argentino interrumpe la angustia, dispuesto a ayudarlo a recuperar la memoria, aunque el protagonista no recuerde quién es ese extraño personaje que después se volverá determinante.

A partir de su despertar de consciencia, el hombre escucha la visitas de su esposa y sus hijos, de quienes se entera sobre el rumbo que sus vidas han tomado a partir de que él quedó postrado en la cama de hospital. A medida que la historia camina, el protagonista sin nombre va recordando sus años de juventud y la relación que tuvo con ese amigo argentino que a veces parece omnipresente. También se entera de la manera en la que su familia piensa de él, con revelaciones de las que quizás no sabría si no fuera por la condición que lo imposibilita para moverse. Así se da cuenta de lo duro que ha sido para ellos, en lo económico y en lo emocional, tener que hacerse cargo de una persona hospitalizada 24 horas al día, siete días a la semana.

Es ahí donde comienzan a presentarse las disyuntivas, no sólo para los personajes de la historia, sino para el lector, sobre temas como la muerte asistida y la eutanasia, al mismo tiempo que se rinde un homenaje a las grandes amistades, aquellas que son capaces de darlo todo por el bienestar de un ser querido.

Para hablar sobre esta publicación, El Economista sostuvo una conversación con Daniel Leyva, autor de cinco novelas, cuatro libros de poemas y quien además ostenta reconocimientos como el literario Xavier Villaurrutia, en 1976, por la novela Crispal, y ha sido merecedor de la Beca John S. Guggenheim Foundation en 1981, y del nombramiento como Comendador de la Orden del Rey Leopoldo II de Bélgica en 1993.

Una ficción para una realidad

Administración del duelo, S. A. es una novela profundamente crítica y con una perspectiva bien definida por parte del autor sobre la búsqueda de la reivindicación de la muerte asistida, que busca, en palabras del autor, “incentivar replanteamientos morales y filosóficos”.

“En medio está un personaje en una etapa difícil, al que están manteniendo entubado, porque las costumbres así lo exigen, mientras le están quitando el derecho a poder decidir sobre su propia vida”, relata Leyva. Defiende que “si tienes un accidente porque tienes algún tipo de limitación que no te permita expresar tu decisión, ya nadie va a poder decidir por ti, a menos de que hayas dejado estipulado ante un notario que en ciertas circunstancias ya no quieres continuar”. Y reclama: “Ese debería de ser un derecho fundamental”.

La motivación

El también gestor cultural comparte que la novela tiene mucho de autobiográfica. Dice que varios recuerdos de su protagonista postrado en la cama están inspirados en sus propias memorias.

La segunda parte del libro, esa que tiene que ver con la lucha por el sufrimiento de una persona y el dilema sobre una vida digna, vino, según confiesa, con la hospitalización y el consecuente fallecimiento de su padre, entre el 2005 y el 2006.

“Me vino esa idea cuando ya tenía bien avanzada la novela, pero todavía no le daba ese fijamiento. Tenía que estarme preocupando por los doctores, por las cuentas, el notario, si había herencia o no, con los hermanos, con toda una serie de cosas que no me permitían en ese momento pasar el duelo por la pérdida de mi padre. Me estaban ocupando otras cosas que eran superfluas cuando los único importante era el dolor”, comenta.

A la pregunta de si la fabricación de este relato fue catártica, Daniel Leyva asegura que “todos los procesos creativos en cualquier arte son catárticos. Uno pinta, escribe, compone música o la interpreta con cierta consciencia de catarsis. “Pero no es lo que a mí, siempre desde el punto de vista personal, me impulsa. A mí lo que me motiva es que escribir es lo único que me importa hacer, lo que no me aburre hacer. En tantos años nunca he tenido un problema de página en blanco. Podré tener problemas en que lo que tenga listo no me guste y lo tire, pero jamás me enfrentaré a no saber qué decir en una página. Más que catártico, es una autodisciplina”.

Sin puntuación

El autor confiesa que restarle puntuación al texto ha sido un atrevimiento que le ha resultado funcional en el cometido de que el propio lector sea el encargado de darle los tiempos a la lectura, además de que la misma falta de puntuación pueda hacerle sentir la desesperanza sin pausa en la que se encuentra sumergido su personaje.

Y por último, señala: “Entre todos los derechos humanos, el más humano es el derecho a la vida, y eso también implica saber cuándo terminarla”.

[email protected]