Se presenta en Casa de la Paz una obra sobre la amistad y el paso del tiempo

Por más liberación femenina de la cual hoy las mujeres se puedan congratular, buena parte de ellas siguen funcionando con códigos del pasado, códigos culturales y mentales que no por ser del pasado son obsoletos, códigos que las distinguen radicalmente de los hombres: la sensualidad, la coquetería, el humor, la ironía, el juego o la belleza.

Códigos que tienen su precio: funcionan durante un cierto lapso de tiempo, al término del cual, desde la mirada del hombre macho ladino, las mujeres caducan y se vuelven un bulto que desde su esquina plancha y hace de comer. Si la mujer no toma su tren es estigmatizada y vista casi casi como si fuera una puta. O mínimo, se la alinea en el vector de la vergüenza, vector que encuentra su correspondencia verbal en esta frase: Perenganita, Fulanita o Sutanita "ya se quedó para vestir santos".

Si bien, podemos argumentar que los tiempos han cambiado hay una injusticia que no: el peso del tiempo pesa más en la mujer que en el hombre. Es a partir de este tema que el dramaturgo Daniel Serrano escribió la obra de teatro Roma, al final de la vía que es una historia sobre el paso del tiempo.

Pero, como hemos dicho, el tiempo no pasa de la misma manera en el transcurrir cotidiano y en la cultura que en el cuerpo: en la historia deja algún vago recuerdo pero en la carne marca con recelo sus huellas. Más aún, el tiempo y sus huellas no pasan ni pesan de la misma manera en los hombres y en las mujeres: ellas llevan la peor parte. Por eso juegan a ponerle una trampa. Por eso, para una mujer revelar su edad es casi casi perder el juicio y preguntársela, una ofensa.

En nuestra lengua existe una fórmula verbal muy elocuente para enmarcar en una imagen este destino trágico, con la cual las mamás alertan a sus jóvenes princesas: "ponte buza, chamaca, que se te va a ir el tren".

Los trenes a los que se referían las madrecitas solían ser los hombres, en aquella visión del pasado que vedaba a las mujeres toda posibilidad de auto sustentar su vida. Se trata de esa misma cultura que le ha exigido a toda mujer que aborde, a una edad pertinente -por ahí de los 30 es ya irse rezagando-, su propio tren: que se case y forme un hogar, pensamiento que sigue funcionando en muchos pueblos de nuestro país y se cuela como cucaracha por las coladeras de las ciudades grandes.

La época en la que se inscribe la obra dirigida por Alberto Lomnitz traza todo un siglo de historias de mujeres mexicanas, aquellas que transmiten la lengua y gracias a ella la historia y las tradiciones. Casi un siglo nos cuenta esta obra a partir de seis fragmentos de vida de un par de mujeres hermanadas por una casualidad: ser mujeres soñadoras.

La obra encuentra un duro eco en el presente: los hombres mexicanos han ido desapareciendo, primero porque la situación económica del país los obligaba a migrar a Estados Unidos, y ahora porque la misma situación los obliga a buscar modalidades más peligrosas para sobrevivir en una sociedad sin trabajo: convertirse en sicarios o narcos.

En un primer nivel, esta es una obra conmovedora que trata sobre la amistad, las ilusiones y sí, nuevamente, sobre el paso del tiempo. Empieza narrando la historia de dos niñas que desde aquella etapa inaugural comparten un sueño: abordar el tren que las llevará a Roma. Al principio no saben qué tan lejos está pero la imaginación no tiene límites y Roma se convertirá en los sueños de otra vida, en esa esperanza que así como impulsa también aterra y detiene.

Los seis momentos en los que se detiene esta historia que cruza desde los siete hasta los 80 años de este par de mujeres son encarnados de forma espléndida por las fabulosas actrices Norma Angélica y Julieta Ortiz, quienes transitan por la inocencia y la sencillez de la infancia, la timidez y la rebeldía de la adolescencia, hasta convertirse en mujeres solitarias, en madres celosas y, finalmente, en un par de ancianas pispiretas.

La fuerza y verosimilitud que las actrices dan a sus personajes en cada una de las etapas de la vida son sencillamente sorprendentes, la contundencia dramática de las actrices conmueve al espectador que es llevado a una reflexión sobre su propia vida, sobre sus propias perspectivas de futuro y sobre sus propios sueños. la pregunta aterradora refulge en el clímax: ¿aún tendré tiempo de ir a Roma?.

Las transiciones las marca en la escena el paso del tren. A las actrices les bastan dos percheros sobre los cuales se colocan todos los cambios de ropa que necesitan. En dichas transiciones, sus rostros reposan en una sonrisa de sabiduría y de fondo suena una música de guitarra que nos pone en un tiempo cíclico que vuelve al origen: algún pueblito en el México de los años 20 donde se vivió la infancia, esa etapa fundamental en la que para ir a Roma bastaba imaginarlo, esa etapa que modeló nuestro carácter y que nos acompañará hasta que con tiza en el suelo volvamos a dibujar nuestro camino al cielo, como la rayuela en la Argentina o el avioncito que acompaña aún los juegos de nuestros niños.

Roma, al final de la vía

Hasta el 29 de mayo de 2011

J y V 20 hrs S 19 hrs y D 18 hrs

Teatro Casa de la Paz (Cozumel 33, colonia Roma)