Recuerdo ahora a Auguste Comte. El fundador de la sociología escribió en alguno de sus tratados que las mujeres éramos seres divinos, etéreos, que no debíamos ocuparnos de las labores más groseras de los hombres. Es decir: las mujeres no formamos parte del mundo. No pensemos, no hagamos, no participemos: sólo seamos bestias exóticas para adornar los salones a la hora de los cocteles.

Esa visión, que es al mismo tiempo una idealización y una canallada, perdura. Lo sabemos: cuando una mujer se declara feminista está en riesgo de ser considerada una bruja malhumorada y matavarones. Y todo por atreverse a exigir sus derechos como ser humano libre y responsable.

Esta semana, el Archivo Gustavo Casasola nos entrega una joya. Una foto de 1940, año electoral. Un grupo de mujeres se sientan a una larga mesa. ¿Qué hacen? Cuentan los votos. Las autoridades del país otorgaban ese privilegio a las mujeres: el conteo de votos era su única participación política. Como chimpancés amaestrados en la aritmética electoral.

A las mujeres no se les dejaba votar porque se decía que su voto se vería influido por las opiniones de los curas. De la iglesia a la cocina y a la cama.

Fue hasta 1953 que se nos otorgó el voto. Cada vez que veamos nuestras credenciales del INE pensemos en esas mujeres contando votos. A ellas dediquémosles un abrazo: fueron las pioneras de las conquistas políticas de las mexicanas.

[email protected]