Hay sujetos narrativos y otros que no lo son. Los narrativos son infelices. No se puede pensar otra cosa escuchando a Felipe Soto Viterbo al interior de Cine Tonalá, uno de los nuevos espacios más trendy de la ciudad. Él acude con sus lentes de pasta carísimos y una manera de vestir sencilla, jeans y playera, al entrar al lugar sus primeras palabras son: Éste lugar es superhipster .

Cada vez que tiene oportunidad, a pesar de vivir en la colonia Roma y conocer bien las tendencias en materia de cultura, advierte que no es un hipster.

Su nueva novela, Conspiración de las cosas (Mondadori, 2012), la han catalogado de obscena, desesperanzadora y depresiva , cuenta casi orgulloso.

Al interior del Cine se lleva a cabo el cóctel de gala de una serie de televisión. Muchas mujeres guapas acuden con vestidos entallados. Felipe las mira, las observa y, después, las vuelve a mirar. No pide disculpas. Es imposible no distraerse en esas condiciones. Felipe sonríe.

Una vez fue a comer a la esquina de su casa y a unas mesas de donde él estaba, comía Tom Yorke, vocalista de Radiohead, cuenta.

Ahora, mientras mira las muchachas pasar, con cerveza en mano, dice contestando una pregunta que le hemos hecho sobre la necesidad de narrar: Si no lo hiciéramos, seríamos más como estas chicas que van pasando, que están viviendo, son más felices , comenta entre risas. El momento en que empiezas a narrar tu vida dejas de vivir. Y, en el momento en que la dejas de narrar, vives pero no sabes qué estás viviendo. Es esa paradoja .

PEGADO AL PERSONAJE

La preocupación sobre la realidad está en el fondo de Conspiración de las cosas. Esto se logra a través del narrador, que está en tercera persona, aunque en realidad la perspectiva es de una primera persona.

Esa condición de estar pegados al personaje nos obliga también a ser partícipes de su desmoronamiento como entidad y de sus desdoblamientos. Y, así, estamos obligados a presenciar su locura como parte de la realidad. Generar esa sensación de escepticismo hacia la realidad era realmente mi cometido para escribir esta historia. El presente está escrito en pasado y el pasado está escrito en presente. De manera que, para este personaje, el presente es ese tiempo ínfimo que llega y se va y se vuelve inmediatamente un pasado; sin embargo, los recuerdos que lo marcan están siempre presentes .

El personaje se llama Diego García, es un hombre exitoso, no guapo pero con un coche Audi al que las chicas, como las que pasan una y otra vez en el interior de este Cine, se suben solitas ; su esposa se llama Rocío, una mujer de cuerpo y rostro envidiables pero insulsa.

Se puede decir que Diego es un hombre exitoso: tiene una profesión hecha, un departamento en una zona céntrica de la ciudad de México y, sin embargo, de repente, le empiezan a pasar cosas. Así, como decimos, parece que todo alrededor (sí, muy kafkiano) conspira en contra de él.

Diego García había querido ser poeta pero, por cumplir las expectativas que le habían planteado, deja la poesía para dedicarse a los negocios y le va muy bien; sin embargo, siempre siente en su interior que traicionó lo que él fue y eso lo lleva a cuestionarse ese estado de éxito que tiene en este momento.

Y, así, se contrasta con su mujer, Rocío, que es bella, que creció en ese entorno, que cumplió sus propias expectativas y que nunca ha tenido una fisura. Esa integridad de Rocío a él le despierta asco porque sabe que es una integridad falsa. Y ese asco que siente lo lleva a fantasear con el asesinato que, eventualmente, quizá lo cumple .

La conversación transita entre la ciudad, la presencia, los recuerdos y las mujeres que pasan, la conciencia se dispersa por el alcohol pero la grabadora registra las palabras, eso nos obliga a permanecer y no ser solo presencias, como las chicas que Felipe sigue de un lado a otro. Le preguntamos si somos sobre todo existencia. Él contesta como escritor:

Hay dos tipos de seres humanos. Estamos los seres humanos que nos sentimos obligados a narrar, aunque no seamos escritores pero que le damos un sentido narrativo a lo que vivimos o que necesitamos contárnoslo para entender lo que pasó, ya sea para no cometer los mismos errores o para procesarlos, por lo menos. Este tipo de personalidad se refleja, claramente, en el escritor porque es el ser que por antonomasia es capaz de darle narrativa a lo que en realidad no tiene ninguna narrativa, que es la realidad.

Estamos los que somos recuerdo y no podemos evitar eso. Y están los que son presencia pero no pueden ser porque son evanescentes. Creo que un escritor no puede ser evanescente, pero de repente tenemos a Mario Bellatin y pienso que sí .

aflores@eleconomista.mx