I. En el barrio de la Candelaria, de Bogotá, se ubica el Museo de Trajes Regionales de Colombia, su sede es la antigua casona de Manuelita Sáenz, personaje fundamental de la historia colombiana al convertirse en amante de Simón Bolívar y activista del movimiento independentista. Por cierto que el escritor venezolano Denzil Romero escribió algunas de sus mejores páginas con la novela La esposa del doctor Thorne, editada por Tusquets.

En el libro está la descripción de los amoríos de Manuelita con su correligionaria Rosita Campuzano y, desde luego, con el seductor Bolívar. El museo mantiene un pequeño espacio en el que se conmemora a tan ilustre mujer nacida en Quito. Llama la atención un cuadro, feo y más o menos mal realizado, que describe a Sáenz del torso hacia arriba sin prenda alguna, sólo con unas charreteras en los hombros, mientras que el Libertador está desnudo de espaldas. Curioso, porque pareciera que los héroes de la historia oficial están más allá de sexualidades.

II. Juan José Barrientos se ha consagrado como el mejor chef de Colombia. Su restaurante El cielo, en Medellín, es un ejemplo de sofisticación.

Dentro del menú de 16 tiempos, magnífico por cierto, incluye una de sus máximas creaciones: el huevo cocido que integra maracuyá y chabacano a su preparación. Sopas, platos de pescado, pollo y puerco en un sitio que, según el comentario del chef de 29 años: En El cielo somos el único restaurante del mundo que aplica las neurociencias en la cocina. Hornos de todo tipo, aparatos especiales y novedades gastronómicas que han permitido que Barrientos sea una referencia al lado del brasileño Alex Atala o del peruano Gastón Acurio, también por ahí se instala al lado de los creadores culinarios al mexicano Enrique Olvera. Otro que quiere dar la pelea es Harry Sasson del Harry’s, de Bogotá.

El restaurante es espectacular, en donde la fachada tradicional convive con interiores posmodernos. Uno de sus platos estrella es la sopa de tomate, en la que se asan los rojos productos de la tierra en una plancha de piedra. Éstos casi se disuelven ante los rigores del calor y luego los cocinan para convertirlos en un manjar; esto sin olvidar unos memorables ravioles de ricotta y espinaca. Destacable también el Bakkho, que han instalado en Calarcá, en pleno Quindío. La joroba de cebú a la sal es una exquisitez, lo mismo que la cola de res en salsa de chocolate y vino tinto, o el pargo rojo a las frutas.

III. Uno de los propósitos del viaje a Colombia es llegar a una de las zonas que integran la zona cafetalera. Se va desde Armenia hasta Buenavista.

El lugar de pronto descubre una belleza que emociona por completo. Ahí está instalada la Terraza san Alberto, propiedad de Juan Pablo Villota. Su producción de café es finísima, tiene una quinta selección y al probarlo se encuentra uno ante la antesala del paraíso. Los matices llegan al paladar y describen una infinidad de sensaciones, lo mismo de pronto con matices florales, con algo de acidez, que recuerda un toque de mandarina. Un prodigio de equilibrio en un producto de lo mejor de las tierras colombianas.

IV. San Andrés Isla es otro destino que describe los rigores de la hermosura. Grandes paisajes de playa, arroz con coco, que es una delicia, langostinos gigantes, langostas agradables aunque un tanto fibrosas, todo un arsenal de dicha que se concentra en ese espacio que pelea Nicaragua y que se encuentra en las cercanías de Panamá y Costa Rica.

V. En la biblioteca Virgilio Barco, de Bogotá, se exhibe la muestra de arte erótico Cuerpos sagrados, que revela la pobreza del concepto en una multitud de participante.

Una o dos piezas, de más de 40, integran un panorama que poco le dice a la lujuria, mientras que en las calles ese fantasma se aparece de un momento a otro. Colombia es una caja de sorpresas.