Orgulloso, mexicano y gay. Tres convicciones que Jacob Soto exhibe con cristalina claridad mientras alza al vuelo su falda, vaporosa y colorida, y taconea sus sandalias blancas al ritmo de una melodía tradicional en un señorial teatro capitalino.

México de Colores, la compañía de danza que integra junto a una veintena de bailarines y que mezcla el académico rigor del ballet folklórico mexicano con la transgresión y experimentación del drag queen, cumple siete años.

“Fui a verlos y dije: ¡guau! Yo quiero estar ahí. No sé cómo le voy a hacer, pero quiero estar ahí. No sé cómo me voy a maquillar, no sé cómo voy a andar en tacones, no lo sé, pero quiero estar ahí”, recuerda Jacob, de 28 años, quien además de bailarín es psicólogo.

Usar tacones, vestidos y maquillaje fue lo menos complicado. Y es que la sensualidad y delicadeza de los movimientos femeninos no son naturales para un atlético veinteañero, y lograrlas implica un trabajo de adecuación física mayúsculo.

“La forma y la calidad del movimiento de una mujer, es muy difícil, porque precisamente la anatomía nos da otra cosa”, dice David Reyes, de 27 años, bailarín fundador de la compañía y por ahora dedicado a la parte técnica del montaje.

El movimiento de la falda, el manejo de tacones, cambiar la postura arqueada de las piernas por aquella de extremidades juntas propia de las bailarinas requiere horas de entrenamiento.

El esfuerzo, sin embargo, ha sido compensado por la posibilidad de liberar sobre el escenario la personalidad de muchos de sus integrantes, fortaleciendo su identidad y rompiendo miedos profundos.

“Desde niño jugaba con el maquillaje de mamá o me ponía sus zapatos y jugaba a estar arriba de una pasarela, de un escenario. Lo imaginé pero jamás creí que se pudiera hacer realidad”, dice Jacob.