De Mérida a Tulum por carretera, todavía en el estado de Yucatán, me detuvieron en un reten unos policías federales bajo la mentira de que iba a exceso de velocidad. Me pidieron los documentos del auto rentado y mi licencia de conducir. Dijeron que lo que procedía era quitarme las placas y pagar una multa de no recuerdo cuántos salarios mínimos. Como en realidad no cometí ninguna infracción y no tenía la maldita gana de que me mordieran, decidí hacerme pasar por extranjero, de Crosvia para ser preciso, aunque en mi licencia diga que soy de nacionalidad mexicana. Así, cuando llegaron al ayúdenos a ayudarlo , yo repetí:

No comprendo.

Ante la imposibilidad de comunicarnos, me devolvieron los papeles, quedándose sólo con la mejor de mis sonrisas. Al encender de nuevo el auto, sin embargo, alcancé a escuchar en el más puro acento de la región:

¡Pinches crosvianos, cómo serán pendejos!

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Alrededor de las cuatro de la tarde llegué al hotel Piedra Escondida. Dejé la maleta en una cabaña, me puse el traje de baño y fui a meterme al mar. Desde una peña aledaña dos señoras empezaron a gritar. Pensé que le hablaban al hombre que jugaba con su hija un poco más allá. Él se volvió, las saludó y yo seguí adentrándome en el agua color turquesa. De pronto, escuché:

¡Cocodrilo!

Y en ese preciso instante vi al reptil a escaso un metro de distancia de donde me encontraba. Salí cauteloso del mar, sin perderle la cara al reptil y le grité al otro bañista que hiciera lo mismo. Corrió por su niña, la cogió en brazos y se pusieron a salvo. El cocodrilo siguió su travesía.

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La vi en el Corazón Puro y, luego, en el Curandero. Bailó durante horas descalza, vaporosa, con poco ritmo pero con muchas ganas. De algo quedé convencido: le iban a salir hongos en los pies.

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En el hotel y alrededores sólo hablamos español la servidumbre y yo. Pareciera que la demás gente estuviera de vacaciones en Babel, un lugar vedado para la mayoría de los mexicanos en el que los servicios, jipismo chic, resultan caros incluso para extranjeros de países nórdicos, Crosvia incluida. Hoy por eso sólo pude charlar con el cocinero y el mesero de Piedra Escondida, dos sujetos encantadores. Hablamos del cocodrilo y me pusieron al tanto de las dos versiones que circulaban. El saurio escapó de Boca Paila, a escasos quince kilómetros, en donde se juntan el agua dulce con el agua salada del Caribe. Se dice, por una parte, que tenía como siete metros de largo y que se perdió mar adentro, mientras que la otra versión afirma que era de tres metros y fue capturado en Playa Condesa.

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Ayer, por la noche, me adentré al océano para nadar. Y saben qué: al salir me dio mucho frío.

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En uno de los diarios locales apareció la nota del cocodrilo. Dice que aterrorizó a los bañistas . Amarillismo. También trae fotografías de su captura, señalándolo como de un metro de tamaño . Era un poco más grande: de metro y medio a dos metros, digo yo.

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De regreso a Mérida seguía el reten en el que me detuvieron de ida. Ahora, ni caso me hicieron. Antes de llegar al aeropuerto fui a comer a Hacienda Teya y tuve una revelación: los antiguos hacendados del sitio reencarnaron en los pavorreales que habitan los jardines del ahora restaurante. Su manera de caminar los delata.