Termina mayo, empieza junio, las campañas entran en el último tercio de su recorrido, los medios se dan vuelo con todo tipo de noticias. Las más sonadas, paradójicamente, fueron generadas por los mismos medios.

Me refiero, por supuesto, a las encuestas. En concreto, a la que publicó la semana pasada Reforma. La primera no hecha por la Presidencia o un partido político que pone a Peña Nieto a tiro, esta vez de López Obrador, por primera vez arriba de los 30 puntos.

En muchos países, las encuestas son una forma bastante certera de predecir las preferencias electorales. De hecho, no sería descabellado afirmar que en EU, el polling es uno de los pilares del andamiaje democrático, el oráculo para matizar y orientar las campañas.

No es secreto que las encuestas hayan demostrado mayor precisión y efectividad en otros países. Sea porque nuestros encuestadores no han encontrado la fórmula, porque sus ejecutores no se atienen a los lineamientos estrictos del muestreo o porque los mexicanos somos menos homogéneos o más indecisos de lo que quisiéramos admitir o no nos gusta decir la verdad cuando nos preguntan por quién vamos a votar.

Hace 12 años, cuando se celebraba a María de las Heras por haber sido la primera en vaticinar el triunfo de Fox, uno de las explicaciones de la encuestadora, si no recuerdo mal, fue que en México la gente solía responder PRI aunque no tuvieran intenciones de votar PRI, fuera para prevenir represalias o quitarse de problemas. De ahí, que su algoritmo estadístico disminuía el porcentaje de respuestas positivas del PRI y así se acercara más que nadie al resultado final.

No sorprende que circule por Twitter y la campaña de Vázquez Mota un comparativo de lo que decían las encuestas unos días antes de las elecciones más recientes y su resultado final. Haciendo a un lado la más reciente en el Estado de México, en todas las otras diríamos: no le atinaron.

Me gustaría saber qué tan común es en otros países que una encuesta permanezca inmóvil como la mexicana, con un candidato manteniendo una ventaja sólida e incontestable mientras los demás oscilan un puntito para acá, unas décimas para allá.

Lo cierto es que en la, relativamente, nueva democracia mexicana, las encuestas son un ente maleable a las que mucha gente mira, justificadamente o no, con desconfianza.

Si las encuestas no consiguen predecir el resultado, quizá, a lo mejor, sí consigan influir en él. O por lo menos tal parece ser la tónica que impulsa la actitud de algunos partidos y candidatos hacia las mismas o su virulencia frente a los medios que las publican.

Si decimos que vamos ganando y que ya es un hecho consumado, a lo mejor los votantes del otro se desaniman y no salen el día de la elección. A lo mejor, también, conseguimos a todos esos indecisos que de niños, cuando les preguntaban a qué equipo le iban, respondían: al que va ganando .

Al final, lo más probable es que los partidos teman que la encuesta sea un argumento en favor de ese ente que se ha llamado voto útil y que habla más de nuestras fobias que de nuestras filias. La lógica es que los acólitos de un partido votarán en desbandada por otro con tal de que un tercero no gane.

Es el argumento detrás de esos ejemplos de congruencia política que son Manuel Espino y Vicente Fox. Espino alzó la mano de Peña Nieto hace unas semanas porque sus propuestas, dijo, son más cercanas a las de su grupo; también hace noticia ésta, detenido por conducir con más alcohol del permitido en la sangre.

Fox, cuando salió a llamar al voto útil , pidiendo a los panistas que no lo desperdicien votando por su candidata y le den utilidad apoyando al puntero para que López Obrador no gane. Al señor Fox se le escapa que su petición confirma la conspiración más manida del discurso lopezobradorista: PRI y PAN son lo mismo, ergo lo ayuda más de lo que lo perjudica.

A lo mejor es un problema de autoestima o paranoia partidista. La lógica electoral invertida. Las nuevas campañas. No vote por… Estamos tan acostumbrados a ir por el menos malo que de pronto parece que tiene sentido votar para que el más malo no gane.

Ahora se tratará de convencer no quién es el mejor Presidente para México, sino quién sería el peor.