Cuando lo vi en la mesa de novedades, el título, la portada y la contraportada me parecieron tan efectistas que dudé en comprar el libro. Luego, en una reunión, Blanca Sánchez, editora de Juan Pablos, nos lo recomendó.

Estoy leyendo El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson y, además de que hace un repaso del siglo XX, me tiene a risa y risa desde las primeras páginas.

Agregó:

Incluso me atrevería a decir un sacrilegio: que el personaje de Jonasson, Allan Karlsson, está a la altura de Bartleby, de Herman Melville.

A la tarde siguiente, decidido, fui a la librería y la portada me hizo dudar de nuevo: un octogenario vestido de rosa con un mameluco en el que, en la bolsa del pecho, carga un cartucho de dinamita encendido.

La biografía de Jonasson asimismo me provocó otras vacilaciones: se trata del primer libro de un autor de 51 años.

Y la contraportada ahondó mi escepticismo: dicha obra, según los editores de Salamandra, ha vendido en Europa varios millones de ejemplares de 2009 a la fecha.

Pero si Blanca dice lo que dice, me dije, y Blanca ha publicado gran parte de mis lecturas de juventud y está por editar las obras completas de Severino Salazar, qué son 280 pesos por una novela de 416 páginas de humor sueco, lo que ello signifique.

Compré el libro y esa noche lo empecé a leer, y lo seguí leyendo a la mañana siguiente durante el desayuno, en el gimnasio mientras hacía ejercicio en la bicicleta fija y en la caminadora, después de la comida y en cuanto tiempo tuviera libre para, en dos o tres días y varias risas de por medio, acabarlo de leer y darme cuenta que Allan Karlsson, el protagonista de la novela, es una especie de antiquijote que, por razones que todavía no logro del todo elucubrar, se convierte en un personaje entrañable para el lector.

La trama de la novela se mueve en dos pistas: la historia de un anciano que escapa del asilo el día de su cumpleaños para, de manera fortuita como azarosa ha sido su vida entrar de lleno a una aventura que lo convierte de pronto en un prófugo de la policía, de un grupo de criminales y de los periodistas que siguen su caso, eso mientras que en su huida se le van uniendo todo tipo de personajes estrambóticos, incluida una mujer con un elefante. Y las historias del personaje que, gracias a sus conocimientos de dinamitero, llega a conocer a lo largo del siglo XX a diversos estadistas y personalidades que, desde el poder, marcaron el presente de su época.

Lo que convierte en divertido el relato es que, mientras Jonasson retrata la estupidez que campea en las distintas ideologías del siglo pasado, la mezquindad de quienes ejercieron el poder de dichas ideologías, su personaje Karlsson está allí como si no estuviera, sin adoptar posición alguna frente a unos y otros, resolviendo la vida según se le presenta y, gracias a un optimismo que raya en el absurdo, salir avante de cualquier situación por terrible o agradable que sea.

Allan Karlsson vive abstraído en una especie de nirvana en la que su único deseo es vivir en una playa soleada en la que no falte el aguardiente; que su inteligencia se debe a un raro sentido común que, por lo visto, nos es tan común en sus congéneres y en la irreflexión de sus actos, pues pareciera que existe un destino en la definición griega del término y que el hombre no puede hacer nada para cambiarlo.

El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson, es pues una novela irónica, que maneja diferentes registros de humor que van de lo sutil a lo ramplón y viceversa , efectista por momentos y que, dentro del contexto de la literatura contemporánea, resulta una curiosidad que desacraliza un mundo que, en su seriedad y estupidez, todo puede suceder.