Solamente quien no ha amado con locura ignora lo que es el verdadero amor o, al menos, esa peculiar fijación mental que llamamos pasión amorosa. Nada más lejano de la prudencia, la razón y hasta del sentido común. Sin embargo, casi todo mundo sabe que –muy en el fondo- los amantes, incluso los más apasionados, nunca dejan de ser dueños de su voluntad, capaces de decidir de quién y cómo se enamoran.

¿Acaso no es cierto que los humanos somos los únicos animales racionales y que, gracias a nuestro cerebro, podemos ejercer el libre albedrío, incluso en el amor?

Únicamente cuando algo se altera seriamente en el cerebro es que empiezan a haber incongruencias entre lo que se piensa y lo que se hace. Por ejemplo, alguien puede razonar que cierto tipo de persona no representa, ni remotamente, su ideal de belleza y que nada le resultaría más desagradable que relacionarse con ella.

Otra persona ha dedicado buena parte de su vida a cultivarse intelectual y artísticamente y abriga la sensata esperanza de algún día vivir un tórrido romance con alguien que comparta sus mismas aficiones.

Y una persona más siempre se ha ufanado de saber que lo más importante a la hora de escoger pareja es asegurar una excelente posición financiera, a riesgo de que el amor salte por la ventana .

No obstante, nada de raro sería averiguar más tarde que ni la fealdad, ni la ignorancia, ni la pobreza han sido obstáculos para que en los hechos se desaten sendas pasiones amorosas.

Estas incongruencias sabemos que no suceden con el resto de animales guiados por instintos naturales, ciclos biológicos y variaciones ambientales precisas. Su cerebro no está lo suficientemente evolucionado como para elegir, solo para reaccionar. ¿Acaso los animales se enamoran?

¿A quién puede ocurrírsele que un ratón –fuera de las caricaturas– busque desesperadamente estar junto a un lindo gatito, su principal predador, como perdido enamorado?

Pues resulta que ya se ha logrado manipular el comportamiento amoroso de los ratones al infectarlos con un parásito llamado Toxoplasma gondii.

En un revelador experimento, los investigadores colocaron en cada esquina de una caja cuatro aromas distintos: esencia de ratón, agua simple, orina de gato y orina de conejo. Una vez dentro, los ratones parasitados se dirigieron sin titubeos hacia el territorio de la caja impregnado con la fragancia de su enemigo ancestral. Y no solo eso, sino que ahí permanecieron estos incautos roedores en el solaz de un ambiente riesgosamente placentero. A este efecto le llamaron atracción felina fatal .

Se ha especulado que los humanos que han contraído la toxoplasmosis de sus gatos pudieran presentar comportamientos extraños y marcadamente irracionales. Incluso, hay quienes suponen que enfermedades como la esquizofrenia resultan de la infestación con Toxoplasma en personas inmunológicamente susceptibles. Se ha observado una pérdida similar de materia gris tanto en la esquizofrenia como en la toxoplasmosis.

¿Será que descubramos algún día que solo somos simples rehenes de un miserable protozoario, sobre todo cuando más enamorados creemos estar?