Hay dos tipos de personas que ejercen este oficio del periodismo. Los que piensan como reporteros y lo que lo hacen como escritores. Los reporteros buscan la nota, el dato duro: la derrama económica de una feria del libro, los 3 puntos porcentuales que ha perdido un candidato tras un spot, etcétera.

Los escritores piensan de otro modo: imaginan cómo sonaría más bonita la cabeza, buscan el personaje, anónimo o conocido, que les redondeará el texto. Piensan, pues, más en la estética que en la información.

Pero, ay, mi taxonomía se queda corta. Existe una raza pequeña que reúne ambas cualidades. Son autores de textos periodísticos que también son literatura. Pienso en nuestra lengua en periodistas como Martín Caparrós o Leila Guerriero, que son argentinos.

Pero glorias mexicanas también hay y la que titila más brillante acaba de ganar el Premio Princesa de Asturias. La enorme Alma Guillermoprieto, cronista de medios como The New Yorker o la New York Review of Books.

Sí, es mexicana, muy. Pero se fue muy jovencita a Nueva York porque su ambición era otra: ser bailarina.

“Entre las cosas que nunca me propuse”, escribe en Desde el país de Nunca Jamás, “ser reportera; pasar una vida completa recorriendo el tremebundo hemisferio latinoamericano; vivir sin sosiego; padecer —no meses, años eternos— el calor del trópico al que soy tan poco afín; considerarme escritora”.

A los 20 años de edad le pegó la vida una bofetada: la rechazaron de la compañía de baile contemporáneo a la que tanto ansiaba entrar.

De esos trozos que era ella construyó una cara nueva: maestra de danza en La Habana. La revolución le cambió la mirada. “De repente, la danza me pareció frívola”.

En Nicaragua estalló otra revolución y para allá se fue, sin idea de cómo hacer un reportaje. Asunto importante porque los gastos del viaje se los pagó un medio: el Latin American Newsletter. Y así, preguntando y curiosa, escribió su primera nota en la vida. Era 1979 y la mexicana Alma Guillermoprieto de repente se convirtió en la voz latinoamericana para los lectores estadounidenses.

El jurado del Princesa de Asturias considera que Guillermoprieto encarna “los mejores valores del periodismo en la sociedad contemporánea con una escritora clara, rotunda y comprometida”.

Añadamos: un periodismo que representa una subjetividad muy fina, muy bien pensada, aunque ella por ahí en alguna entrevista dijo que le sale de chiripa, que nunca planeó ponerse a sí misma en la nota. Que le resultó reportear como quien no sabe nada: hacer preguntas, platicar con la gente, nota que en Managua haya apenas 10 elevadores o notar que en el despacho presidencial de la residencia Los Pinos, México, hay un retrato de Benito Juárez que todo lo mira.

No es que Alma Guillermoprieto se dedique a hablar de sí misma en sus reportajes (o despachos, como también los llaman en las compilaciones de su periodismo); es que en cada texto hay una voz, un punto de vista necesario que no alcanza a cubrirlo todo, pero que para enmendar esa carencia se acompaña de una profunda investigación de los hechos. Ahí sí, el dato duro, la voz clara, el texto rotundo.

Guillermoprieto es valiente. Alguien cuestionará esto: qué fácil echar verdades sobre el caos latinoamericano desde Nueva York. Sería una mirada miope; Guillermoprieto viaja a lugares donde sucede el horror y de regreso le traduce al lector gringo esas cosas que él piensa que sólo suceden en lugares recónditos de ¿África? ¿Asia? ¿De verdad eso pasa allá donde vamos de vacaciones? ¿Eso es México o Cuba o El Salvador?

La voz de Alma se alza: sí, yo lo acabo de ver y ustedes deberían saber que en algunos de estos hechos, o casi todos, su gobierno ha metido la herramienta. ¡Ese país no existe! Existe y no es sólo calor y folclor.

Alma Guillermoprieto no sólo es un contadora de los tremendos. Es una gran aficionada a la sorpresa y así ha escrito textos sobre la gastronomía mexicana, la lucha libre entre mujeres en Bolivia, el tango argentino o la cara no vista de Mario Vargas Llosa.

Si no han leído nunca a Guillermoprieto, a continuación una breve lista de recomendaciones para conocerla:

Los placeres y los días

(Almadía)

Fácil de encontrar porque se publicó en nuestro país, ésta es una alegría de colección de textos. No hay que dejar pasar el maravilloso perfil que hace de Diana Kennedy, esa extraña inglesa que decidió convertirse en la mejor historiadora de la cocina mexicana. También hay textos de la columna que tuvo en la revista Nexos sobre su amor por la buena mesa y una crónica bellísima sobre el Buena Vista Social Club de La Habana.

Desde el país de Nunca Jamás

(Debate)

Una compilación muy completa de la carrera de Guillermoprieto, desde sus primeros despachos desde Centroamérica en los años 80 hasta textos que alcanzan el 2010 sobre diversos fenómenos latinoamericanos como las cholitas luchadoras de Bolivia o las celebraciones del Día de Muertos en México. Un libro que va de lo más violento a lo más pintoresco, siempre con una perspectiva emocionante.

Looking for History: Dispatches from Latin America

(Vintage)

De todos los libros en inglés que se pueden conseguir de la autora (como Samba, un completo retrato de Brasil a partir de ese baile suyo), Looking for History es el más interesante porque retrata a una Latinoamérica en pleno cambio con la llegada del siglo XXI. Imperdible su crónica sobre la elecciones presidenciales del 2000 en México, el retrato que hace de Eva Perón y el que hace del Che Guevara.

concepcion.moreno@eleconomista.mx