Tal vez el mayor acierto del libro Children and Youth in Crisis del Banco Mundial es su capacidad orientadora sobre las políticas, que países y regiones pueden implementar para proteger y promover el desarrollo de un amplio sector de la población infantil y juvenil victimizada por las crisis económicas.

Los autores reúnen -en 318 páginas - abundantes investigaciones transdisciplinarias destacando posibles intervenciones económico-psicológico-pedagógico y sociales, con las que específica y directamente podrían enmendarse las vidas de millones de niños y adolescentes dañados por errores, fracasos y fraudes del manejo irresponsable y criminal de la economía.

Ellos destacan el imperativo de adecuar cualquier intervención a tres variables: la etapa de la vida, el contexto predominante y los mecanismos a través de los cuales se transmite el shock de la crisis.

Si sabemos –por ejemplo- que algunos daños comienzan in útero, como en el caso de una adolescente embarazada, desnutrida y deprimida socio-emocionalmente, que además vive en una comunidad rural alejada de los servicios de salud y subsiste en niveles de sub o desempleo, entonces, resulta forzoso que cualquier intervención para proteger y promover el buen desarrollo –tanto de ella como de su bebé- incluya acciones no sólo para proveer nutrientes suficientes y un tratamiento psicológico/psiquiátrico, sino también una red de apoyo monetario y comunitario que prevenga las consecuencias deletéreas en las siguientes generaciones a través del abandono escolar, las adicciones, la delincuencia y, finalmente, la imposibilidad de contribuir productivamente con la comunidad.

¡Más claro... Ni echándole agua!

Por otra parte, la falta de intervención -incluso en tiempos de crisis– en favor de las nuevas generaciones tiene un elevado costo no sólo en individuos aislados, pues algunas de las consecuencias de que los recursos públicos sean insuficientemente destinados al desarrollo de la niñez y adolescencia se verán reflejados en mala salud física (obesidad), entorpecimiento intelectual y desarrollo socio-emocional defectuoso, bajo rendimiento académico, aumento del abandono escolar y del desempleo. Finalmente, esta negligencia tiende a precipitar comportamientos riesgosos, embarazos prematuros, delincuencia, adicciones y suicidio.

Si está claro que el shock económico predispone a problemas de salud mental, asimismo, los trastornos mentales y los problemas de conducta también habrán de dañar la economía. Piénsese en aquellos jóvenes -mujeres y hombres- que ante los impactos repetidos de las crisis financieras terminan convirtiéndose en trabajadores permanentemente desmotivados , condenados a una participación futura nula o mediocre en el mercado laboral – incluso en periodos en que ya no hay crisis. La percepción e interpretación de fracaso en etapas tempranas de la juventud llega a tener efectos traumáticos ante la imposibilidad real para transitar a fases productivas en el trabajo.

Este daño enorme a la salud mental personal, familiar y comunitaria se suma a las consecuencias económicas potenciales que se pueden contabilizar a partir de los elevados costos directos (vrg. servicios de salud, medicamentos, licencias laborales por ausentismo o accidentes), pero también por los costos indirectos que origina la pérdida en la productividad.

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