Santa Fe, Arg. En un modesto laboratorio universitario en plena región agrícola argentina, la bióloga Raquel Chan logró aislar un gen resistente a la sequía que, injertado en soya, maíz y trigo, promete multiplicar rendimientos en una verdadera revolución biotecnológica.

Al frente del Instituto de Agrobiotecnología de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), Chan coordinó el grupo de investigación que estudió el girasol y logró identificar entre su complejo genoma al gen HAHB-4, que lo hace resistente a la sequía y la salinidad del suelo.

Inoculados con ese gen, la soya, el trigo y el maíz aumentan enormemente la productividad , indica la científica de 52 años, con una voz grave y monocorde que disimula su pasión por su trabajo.

Para los productores agropecuarios aumentar 10% la productividad ya es una maravilla y esto da bastante más, incluso en algún caso llegó a duplicarla. Lo que puedo asegurar es que en ningún caso la planta transgénica produjo menos que la no transformada , se entusiasma.

Según Chan, cuanto peor es la condición climática, mayor es la diferencia en favor de la planta transformada respecto de la no transformada .

Ser resistente a la sequía no significa que la soya crecerá en el desierto, advierte esta mujer afable, que recibe a la AFP en su laboratorio en el Día del Investigador, sin maquillaje ni guardapolvo blanco, y parece poco dúctil para enfrentar a las cámaras.

Algo de agua tiene que tener. Se podrá cultivar en tierras con un régimen pluviométrico de 500 mm al año, que es muy poco y donde hoy no hay nada, claro que nunca serán la Pampa húmeda , admite la bióloga.

El proyecto de investigación sobre genes involucrados en el medio ambiente que hoy rinde frutos inesperados, que se estima se comercializarán en el 2015, comenzó en 1993, año en que Chan regresó a Santa Fe tras doctorarse en Estrasburgo, Francia.

Si nos hubiéramos propuesto encontrar el gen resistente a la sequía, quizás nunca lo habríamos encontrado. Llegamos casi por azar , comenta en su pequeña oficina de dos por dos metros, con estantes repletos de revistas científicas.

Tras un arduo trabajo que le permitió identificar el gen, siguieron años de pruebas en laboratorio inoculándolo en plantas herbáceas llamadas arabidopsis, cuya resistencia y productividad aumentó con el gen.

Llevar el experimento a la soya, el trigo y el maíz exigía una inversión inalcanzable para la universidad, por lo cual se firmó un convenio con Bioceres.