Carajo, se murió Pitol. La escena debe haber ocurrido en 2011. Xalapa, la segunda edición del Hay Festival, la primera en esa ciudad. Estaba llenísimo el Teatro Ignacio de la Llave, íbamos a ver una representación de La Iliada.

De repente todos en el edificio se cayeron en aplausos: acababa de entrar Sergio Pitol. Elegante aunque sin corbata, se movía con dificultad y creo que salió contento de la obra de teatro. No hablaba mucho.

Afuera, varios estudiantes de Universidad Veracruzana le volvieron a aplaudir. De verdad lo querían. No era el afecto fingido que se le da a las celebridades, no. Estos muchachos amaban a Pitol como un símbolo de su universidad, de su ciudad. Y como alguien a quien seguir.

Genial era ir al Hay Festival de Xalapa no por otra cosa sino porque allá se podían conseguir con facilidad y buen precio la colección de libros traducidos por Sergio Pitol. De su pluma he disfrutado mucho a Jane Austen —su versión de Emma es muy chistosa—. Me consta, pues, que era un traductor fantástico (¿mejor traductor que escritor? No seré tan audaz, porque Pitol era un hombre de muchos talentos).

Bueno, se nos fue Pitol y con él casi se acaba una generación de escritores emblemáticos mexicanos. Nos quedan Margo Glantz y Elena Poniatowska. Los tres amigos, Pacheco, Monsiváis y Pitol, ya echan el chisme en una nube.

A Pitol casi todo le interesaba. Sus libros más importantes son mezclas de recuerdos de su época de diplomático, poesía, crónica, hasta periodismo.

“¿Es mucho pedir, acaso? Tal vez lo sea. Pero hay que pensar que si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos de prodigios”. Cerrar con elegancia era la especialidad de Pitol. Sus muchos actos de escapismo siempre acabaron con serenidad y esperanza. Se fue tranquilo y en silencio: el último viaje del viajero eterno.

Para conocerlo más, he aquí una tríada de libros:

Tiempos de prodigios

El arte de la fuga (Era) es el primer libro que todo lector que quiera acercarse a Pitol por primera vez debe leer. Es una narración divertida e inteligente, en primera persona, de un poco de todo lo que le interesaba a Sergio Pitol.

Pasa por sus autores favoritos, sus encuentros con los autores que tradujo, como el polaco Witold Gombrowicz, sus muchos viajes y su inclinación política a la izquierda mexicana, reafirmada por su visita a San Cristóbal de las Casas con los neozapatistas.

Su prosa es cuidada, pero no barroca, es muy fácil de leer y el lector se pasará tardes muy divertidas leyendo las aventuras pitolescas. Imperdible.

Hacerle al cuento

Como ya se ha dicho, Pitol fue gran traductor. También tenía buena mano para la antología. Los cuentos de una vida (Debate) es una colección de cuentos que formaron a Pitol como lector, la mayoría fueron traducidos por él, los otros no lo fueron porque están en español.

Cuentos como “La metamorfosis”, de Franz Kafka; “Tres rosas amarillas”, de Raymond Carver o “Casa tomada”, de Julio Cortázar.

La colección no tiene desperdicio. Si me permiten una nota personal, fue con este libro con el que entré de lleno al arte tan complicado de la historia corta. Antes no los apreciaba como lo logré con esta antología. Gracia de nuevo, maestro Pitol.

Cómo hacer todavía más divertida a Jane Austen

El Pitol traductor debe ser apreciado siempre. La Universidad Veracruzana (UV) tiene todo el canon de lo que Pitol consideraba que debían leer los jóvenes estudiantes de la institución.

Son ediciones muy cuidadas de libros que incluyen a todo tipo de autores, algunos complicados: no se crea que por ser una colección para estudiantes se menosprecia al lector.

Cuando tope con un libro de esta colección, ni dude: cómprelo.

Emma, de Jane Austen (UV), traducida por Sergio Pitol, hará las delicias de cualquiera que se topa por primera vez con este clásico de la sátira social, este chick-flick antes de tiempo. ¿Por primera vez? La verdad es que leerlo con la traducción de Pitol es tan refrescante que aunque una sea fan de la Austen el libro cobra una vida nueva. Y Jane Austen se vuelve todavía más divertida.

concepcion.moreno@eleconomista.mx