Como escribió Lucía Melgar, columnista de esta sección, muchas jóvenes dudan en declararse feministas porque el feminismo parece un movimiento que ya pasó .

Los atropellos cotidianos y las alertas de género en diferentes partes del país, así como las olas de feminicidios (los más recientes en Cancún), demuestran que el feminismo es más necesario que nunca. El feminismo no es una especie de machismo a la inversa aunque hay algunas activistas que sí lo proponen así , sino una manera de tener un piso parejo entre hombres y mujeres.

La participación política de la mujer en México cada vez es menor novedad. Aunque la paridad en el Congreso es todavía una meta por alcanzar, en la vida diaria las mujeres votamos y nos interesamos por los temas públicos, nada más hay que ver Twitter cada vez que hay una coyuntura: miles de hombres y mujeres discutiendo al tal por cual.

No hay que idealizar la participación política femenina. Muchas congresistas son exactamente igual de corruptas y perezosas que sus contrapartes masculinas, aunque desde luego hay excepciones en este sistema torcido en el que vivimos.

Pero esa voz alzada femenina no siempre existió. En una fecha tan reciente como la década del 50, el Congreso mexicano recibió a su primera diputada federal. El Archivo Gustavo Casasola nos recuerda la ocasión en la que la señora (es divertido el término de ceremonia que quiere ser de respeto) Adela Jiménez de Palacios fue investida como la primera diputada federal de nuestra historia. Era diputada por el PRI (por supuesto) y por el estado de Baja California. La fecha: 7 de septiembre de 1954.

Destaco la fecha porque es muy cercana. Mis padres ya habían nacido. Es decir: mi mamá vino al mundo en un país en el que las mujeres todavía no tenían ninguna representación política. Ha sido un largo camino en tan sólo una generación.

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