A mediados de 2013, el escritor Gabriel Zaid publicó el libro Dinero para la cultura , un compendio de incisivas, documentadas y amenas reflexiones en torno a la compleja relación entre la economía y la actividad cultural.

Publicamos aquí, cortesía de la editorial Random House Mondadori, extractos de dos capítulos no tanto porque sean los pasajes más interesantes (muchos lo son) sino porque nos parecieron los adecuados para nuestros lectores en este movido inicio de año, en que la Cuenta Satélite de Cultura nos permitió saber que 2.7% del PIB es generado por la cultura y en que Conaculta informó que uno de los ejes de la política cultural del actual gobierno será el apoyo a los emprendedores culturales.

DINERO PARA LA CULTURA

Hay cinco fuentes de financiamiento para la cultura: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el Estado y el mercado. Todas pueden liberar o esclavizar de distintas maneras. Todas tienen consecuencias en la obra, más allá de sus efectos financieros.

El gran arte popular tiene la situación ideal. Que la obra excepcional llegue a todos, y sea apreciada y pagada por quienes la reciben, sin necesidad de patrocinios ni sacrificios, es una plenitud para todos los que participan. También es una renovación creadora de la tradición que gusta a la mayoría y sorprende a los conocedores. Las circunstancias pueden ser pueblerinas (como en la pintura de Hermenegildo Bustos) o mediáticas (como en las canciones de los Beatles), con resultados económicos muy distintos, pero secundarios. Bustos y sus vecinos alcanzaron en sus retratos una plenitud semejante a la que, cantando, alcanzaron los Beatles y su público.

A falta de eso, lo ideal sería recibir una herencia sin ataduras. Así se han hecho cosas notables. Un joven heredero, encerrado en su casa de Copenhague (y pensando en danés, una lengua tan marginal como su vida para los grandes centros filosóficos), llega a cuestionamientos decisivos del pensamiento occidental. Nadie le hubiera dado una beca para eso, menos aún anticipos sobre futuras regalías autorales. Y ¿quién le hubiera dado a una señora de Buenos Aires dinero para hacer una editorial que nunca fue negocio, aunque modificó la cultura argentina y abrió horizontes para todos los lectores de habla española? Es asombroso lo que hicieron Sören Kierkegaard y Victoria Ocampo con la libertad que les dio una cantidad relativamente modesta. Y está claro que no lo hubieran hecho sin esa oportunidad. Es asombroso lo que hizo Van Gogh, que se pasó la vida como un fracasado, mantenido por su hermano; o Sor Juana Inés de la Cruz, mientras tuvo protección. En el caso de Van Gogh, el mercado permite calcular la inmensa desproporción entre lo que costó la manutención del pintor y lo que vale su obra. Pero puede decirse lo mismo de los otros. Algo que vale mucho costó poco; y, aunque era poco, el mercado no lo pagó.

Kierkegaard se hundió al recibir el último pago de la pensión que le dejó su padre. En el camino del banco a su casa, cayó muerto. Otros se hunden en el resentimiento y la mediocridad, o dan la pelea con furia. Raymond Carver, con ese realismo sórdido tan suyo, ha contado el odio que sintió contra sus hijos pequeños, a los que tenía que mantener, a costa de no poder escribir.

Se entiende que un organista cargado de hijos, bajo la presión de un calendario de servicios religiosos y una clientela convencional, vaya sacando mal que bien los encargos que recibe, dejando para después hacer su propia música; y que se deje arrastrar por la depresión o el resentimiento de ver que nunca llega el momento soñado: la oportunidad de hacer lo suyo, con toda libertad. Lo milagroso es que Bach haga de sus deberes una oportunidad creadora, encuentre su libertad en tocar el órgano por obligación y convierta cualquier vulgar encargo en un prodigio.

Toda vida es creadora de muchas maneras, y lo mejor sería que, sobre la marcha, supiéramos convertir nuestra opresión en libertad, nuestra vida cotidiana en milagro...

PARA QUÉ SON LAS EMPRESAS

Una cosa notable del mundo de los negocios es el desenfado con que se buscan las ganancias: todos hablan tranquilamente de buscar su propio interés. Lo que suele ocultarse, porque da vergüenza, es ganar poco, ganar menos (que antes o que otros), ya no se diga perder, en vez de prosperar, subir, crecer.

Parece natural, pero históricamente es algo nuevo. Quizás algún día se investigue, y así como se ha escrito la historia de la fiebre amarilla, alguien se ocupe de escribir la historia de esta sinceridad. No siempre ha existido, ni es común en otros medios.

En el mundo religioso, en el sector público, en la vida profesional y cultural, también se prospera, pero siempre como algo vergonzante. Hay que mostrarse sorprendido de la buena fortuna, cuando de repente, no se sabe cómo, buscando intereses más altos, cayó del cielo esa cosa rara y no buscada que hay que hacerse perdonar; y que los demás ven con recelo, suponiendo que, en realidad, hubo un pacto con el diablo. Si, buscando intereses más altos, los intereses propios van tan bien, seguramente hay corrupción y malas artes. Desde este punto de vista, los negocios parecen algo degradante: dedicarse a lo más bajo, tratar de ganar más y más.

Abundan las teorías para atacar y defender las ganancias, bajo el supuesto (compartido por ambas partes) de que las utilidades son la esencia de los negocios. Se trata de una simpleza, válida para el lucro puramente financiero, no para todos los negocios. Aunque todos tienen un lado financiero, no es el único, ni el principal. Por esto, los bancos pueden ser destructivos de negocios mineros, agrícolas, industriales, comerciales, de construcción, de servicios: porque no los entienden, porque ven sólo el lado financiero de la actividad. Por eso, los empresarios no quieren mucho a los banqueros: sienten que no producen algo, como ellos.

Los ríos de tinta que han corrido en defensa y en contra de las utilidades (cuestión que en los negocios puramente financieros se reduce a la milenaria cuestión de si se justifica el préstamo con interés) han tomado otro tema en las últimas décadas: la cuestión del empleo. Aquí también, curiosamente, hay un supuesto común, a favor y en contra de los empresarios: creer que el fin más noble de las empresas es dar empleo.

Es una tontería, fuera de un tipo de empresa : la familia. Para el jefe de una familia, de un clan, de una comuna, crear actividades que ocupen de la mejor manera la capacidad y vocación de las personas es una prolongación creadora de la educación, la orientación y el desarrollo personal. Pero una empresa no es una familia.

Lo que justifica socialmente a las empresas no es, en primer lugar, lo que producen hacia adentro (a sus dueños, a su personal), sino hacia afuera (a sus clientes, al entorno social, cultural y físico). Un hospital se justifica, en primer lugar, por la salud que produce (si la produce, y si el hospital es la mejor manera de producirla); no por el empleo ni las utilidades que produce. Lo valioso de las empresas es que ofrezcan productos y servicios que mejoren la vida: el desarrollo personal, familiar, social y cultural, la evolución de la naturaleza, el curso de la historia. Las empresas (como las obras de creación, de investigación, de civilización, de servicio público, religioso, social, cultural) deberían subir el nivel de la especie humana, hacer más habitable el planeta.

Es perfectamente posible que una empresa cree empleos, pague muy bien a su personal y deje extraordinarias utilidades produciendo secuestros, o fealdad, o destrucción histórica o ecológica. En el extremo opuesto, muchas empresas que no son un gran negocio, ni pagan bien a su personal, producen cosas buenas, bonitas y baratas que, de hecho, subsidian a la sociedad: le dan mucho más de lo que paga.

Lo ideal es que haya cosas buenas, bonitas y baratas para todas las necesidades sociales, ofrecidas por una multitud de empresas privadas, que produzcan maravillosamente hacia fuera, y que sean buenos centros de cooperación y desarrollo personal, donde se pagan buenos sueldos y hay buenas utilidades hacia adentro. Como, de hecho, hay empresas en este caso, lo utópico no es soñar que existan, sino que todas sean así. En muchos casos no es posible, y la única solución está en pasar la charola de las contribuciones voluntarias o buscar subsidios.

Organizar operaciones que mejoren la vida, que la desarrollen, que la suban de nivel, es una acción creadora que puede tomar tres formas: las empresas, organizadas por cuenta y riesgo de empresarios; las obras sociales, organizadas por voluntarios que pasan la charola; y los servicios públicos, organizados o subsidiados por el Estado, con cargo a los impuestos. Las tres son aceptables, en ese orden, que sitúa a las empresas en su verdadero contexto: como servicios públicos independientes, organizados por voluntarios, que no necesitan pasar la charola.

Dinero para la cultura

Gabriel Zaid

Cortesía de la editorial: Penguin Random House, sello Debate

México, 2013

350 páginas.

Precio: $289