El 20 de noviembre de 1910, amaneció domingo. En la ciudad de México algunos fueron a misa temprano y otros a pasear. Muchos a conocer el Reloj Chino que nos acababa de llegar como regalo y estaba en la avenida Bucareli. Porfirio Díaz y su familia desayunaron en el Hotel Géneve, famoso por haber servido el primer sándwich en la Ciudad de México y por ofrecer los mejores huevos a la benedictina de todos los restaurantes del  hoy llamado centro histórico. Los periódicos del día no reportaban ya nada sobre las últimas elecciones federales. Las que por séptima vez había ganado el general Díaz. Como era fin de semana, nomás se leían las secciones de carteleras y sociedad, economía doméstica para las damas y poesía para las señoritas. Pero se anunciaba que, poco después del medio día, el joven artista Diego Rivera inauguraría su primera exposición en la Academia de San Carlos. Y que la muestra estaría  engalanada por la asistencia de la Primera Dama de la Nación,  doña Carmelita Romero Rubio.

Ese día, la ciudad parecía haber dado por desaparecido a Madero y vencido para siempre a su Partido Antirreeleccionista. Todos navegaban por las tranquilas aguas del tiempo libre. Como si no hubiera pendientes. Nada por lo cual alarmarse. Y es que muy pocos habían visto aquella convocatoria que hacía una invitación para ese mismo día. Un escrito, fechado el 5 de octubre en San Luis Potosí, que se había reproducido y divulgado apenas dos días antes. Un papel impreso que se titulaba sencillamente “Manifiesto a la nación” y en la parte más emocionante decía así:

“El Gobierno actual que tiene por origen la violencia y el fraude, desde el momento que ha sido tolerado por el Pueblo, puede tener para las naciones extranjeras ciertos títulos de legalidad hasta el 30 del mes entrante en que expiran sus poderes; pero como es necesario que el nuevo gobierno, dimanado del último fraude, no pueda recibirse ya del poder, o por lo menos se encuentre con la mayor parte de la Nación protestando con las armas en la mano contra esa usurpación, he designado el domingo 20 del entrante mes de Noviembre, para que a las seis de la tarde en adelante, todas las poblaciones de la República se levanten en armas  de acuerdo al siguiente plan.”

Debajo, en once puntos con numeritos, se desplegaba el que después supimos era el Plan de San Luis. Y era muy fuerte. En el punto número uno se declaraban nulas las elecciones para  vicepresidente, presidente, magistrados a la  Suprema Corte, diputados y senadores que se habían realizado en junio.  En el segundo, se desconocía el gobierno de Díaz. Y al final, antes de la firma de Francisco I Madero, se podía leer un párrafo entusiasta que, como si se tratara de un buen consejo decía:

“Conciudadanos: No vaciléis pues un momento: tomad las armas, arrojad del poder a los usurpadores, recobrad vuestros derechos de hombres libres y recordad que nuestros antepasados nos legaron una herencia de gloria que no podemos mancillar. Sed como ellos fueron: invencibles en la guerra, magnánimos en la victoria. Sufragio efectivo. No reelección.”

 A las seis de la tarde, la ciudad de México parecía estar a la mitad de la siesta. No hubo un solo disparo. Madero no apareció por ningún lado porque lo habían detenido en la frontera.  Parecía que  el manifiesto no había servido de nada. Pero se supo de trece hechos de armas en provincia. Siete en Chihuahua, seis en Durango y otros en San Luis Potosí y Veracruz. Además de los tres levantamientos de Sonora, Saltillo y Zacatecas.  El cónsul norteamericano en Coahuila declaró que si los revolucionarios no habían cruzado el Río Bravo era porque las autoridades federales de los Estados Unidos, sobre todo los soldados pelones, tenían instrucciones de que no se violaran las leyes de neutralidad y estaban en máxima alerta.  Madero no había podido llegar. Se hallaba detenido en los Estados Unidos, estrechamente vigilado para  que no entrara a nuestro país.

Francisco Madero Hernández, el padre de Francisco I Madero, justo ese 20 de noviembre de 1910, hizo declaraciones al periódico San Antonio Light, contando que su hijo se había despedido de él la noche anterior y le había contado  parte de su itinerario.  En el artículo contaban que al final de la entrevista, el buen hombre había dicho con voz grave: “Si mi hijo cruza la frontera, México estará en víspera de una verdadera Revolución.” Tuvo razón en todo menos en las fechas. Madero no pudo llegar a la Ciudad de México hasta muchos meses después. El 4 de junio de 1911, llegaría a Torreón  acompañado de Venustiano Carranza, su madre y dos de sus hermanos. El 5 de junio se presentaría en Zacatecas y sería recibido por Guadalupe González.

Fue hasta el 7 de junio, cuando un fuerte sismo sacudió a la Ciudad de México, que Francisco I. Madero entró triunfalmente a la capital. La tierra que se movía y los gritos de júbilo y terror recibirían así  a una nueva era de caudillos y batallas, a un gobierno sin Porfirio Díaz. Había comenzado la Revolución.