Algo está pasando en el teatro nacional que en muy poco tiempo las grandes producciones de autor a nivel mundial se están montando en nuestro país con muy respetables adaptaciones: Cock, Casi, un pueblo, Juegos Siniestros son algunas de ellas, y la reciente incorporación de Lluvia Implacable, original de Keith Huff, obra que se estrenó en Broadway en el 2009 con los protagónicos de Hugh Jackman y Daniel Craig y que llegó a considerarse el gran fenómeno teatral del año.

Lo que sea que esté pasando es bueno y hay que ponerle atención y dejar los prejuicios a un lado, querido lector. Porque, contrario a lo que este reseñista pudo haber pensado, Eduardo Capetillo y Ernesto D'Alessio componen una mancuerna perfecta en la nueva apuesta de la productora Ocesa Teatro. Más aún: Capetillo está en su mejor elemento. Es una verdadera sorpresa verlo desenvolverse en el escenario como un policía patán y lépero que no obstante es muy simpático y muy brillante: da en el clavo sin filosofías ni abstracciones sino con un lenguaje callejero que es preciso y revelador: porque a la vida hay que entrarle con audacia y sin medias tintas.

Lluvia implacable trata sobre dos policías que, en un cuarto con una mesa y dos sillas, como en una sala de interrogación o un confesionario, a una velocidad que implica un esfuerzo dramático superior pero también demanda la máxima atención de la audiencia, nos relatan el momento en que sus vidas cambiarían para siempre: una noche de servicio en el que la imprudencia de uno repercute en el futuro de los dos y potencia el punto de encuentro en que uno se convertirá en la cara b del otro.

O sea: al final de cuentas, uno y otro, uña y mugre desde chavitos, se rebelarán como los dos lados de una misma moneda, aunque uno es el lado más gastado y agotado, el lado calado de esa moneda. Eric (Ernesto D'Alessio) y Dany (Eduardo Capetillo) son dos compañeros policías: Dany es dicharachero, el bad boy, el malhablado, el patán, pero tiene ética: la traición y el compromiso son sus valores intocables. Eric es el tímido, el contenido, el misterioso, sin embargo él sobrevive porque puede pasar por encima de la ética, porque puede transitar y mutar de personalidad, porque puede adaptarse a las circunstancias y, sobre todo, porque sabe callar y sabe ser un sujeto de su época, lo cual no significa que esté vacío de valores, ya que es capaz de decir: "Yo haría lo que fuera por defender a mi familia".

No obstante, esta frase, la última línea de la obra, es una trampa, pues la dice justo cuando ya ha faltado al código caballeresco más primario: "no le bajarás la chava a tus valedores, a tus carnales". Pero como es el niño lindo se le perdona todo: se le perdona pasar por encima de ese pacto que emerge desde los primeros encuentros fraternos, desde nuestras primeras relaciones con el mundo, desde que el niño aprende que no está permitido pedalear la bicicleta del otro.

Y en ese perdonarlo todo es donde radica la verdadera riqueza de esta obra, pues pone el dedo en la llaga sobre el poca honorabilidad de la especie humana y el falso rigor en que las figuras ejemplares pretenden ser sujetos de alguna emulación. la verdad sea dicha: hoy no hay grandes referentes ni héroes pero hay galanes de TV; no hay grandes pensadores pero sí hay "líderes de opinión"; no hay policías pero si hay delincuentes oficialmente admitidos.

El buen arte y el buen teatro siempre encontrarán cómo filtrarse en las sociedades muertas y acríticas de nuestro tiempo. Esta obra es un ejemplo impecable al respecto.

Los actores son dirigidos de manera sobria y acelerada por Jaime Matarredona, quien acierta a la hora de incorporar un ritmo implacable parecido al de la vida bajo una tormenta a media noche. La escenografía es suficiente. El diseño de las luces sencillo pero fulminante, y la música es adecuada: furiosa, estridente y de alucine, a tal grado que desde la primera secuencia logra llevar al espectador a esos instantes de desesperación en los que es preciso actuar. El rock industrial es el soundtrack perfecto para una persecución vital. Lluvia implacable se filtra por las comisuras de la banalidad como las verdaderas tormentas que no encuentran límite que las pare.

Lluvia implacable

Teatro Jorge Negrete (Ignacio M. Altamirano 128, Col. San Rafael)

J 20:30 hrs V 19:30 y 21:30 hrs

S 18 y 20 hrs, D 17:30 y 19:30 hrs

Entrada general: $350